jueves, 5 de diciembre de 2013

El primer viaje de Elaine o Nadie sabe para quién conecta


Una vez estaban, un tipo llamado Javier y su novia Tina, a la orilla de la carretera pidiendo ride, habían estado comiendo mescalina y fumando yerba durante toda la mañana. La mescalina fue un regalo que les hizo su dealer por ser clientes leales y buenos amigos, además de que dijo no gustar mucho de ella y haberla conseguido por eventualidad y no por necesidad. “El peyote te escoge a ti, no tú a él”, dijo al entregarla; él era adepto al misticismo atribuido a la planta, contrario a Javier y Tina, para quienes sólo se trataba de poco más de medio kilo de amargo polvo alucinógeno, cuyos efectos los ayudaban esta vez a soportar el sol abrasador durante la espera del desconocido que los llevaría a su destino. Cerca de 40 minutos estuvieron esperando cuando se detuvo un auto color aceituna. El tipo que manejaba era un hombre de más de 30 años, con el cabello rubio, largo y lacio. Los novios subieron al auto. Ella se acomodó en la parte trasera y él, en el lugar del copiloto. El hombre que los levantó del camino era alguien amigable.

-¿A qué se dedican?- Preguntó poco después de que Tina y Javier se instalaron.

-Somos estudiantes- contestó Javier.

-¿Qué estudian?

-Periodismo.

-Vaya, es interesante…

El hombre se sobaba constantemente una rodilla. Javier y Tina no hablaban. Quién sabe qué irían pensando, tal vez iban disfrutando del viento que entraba desbocado por la ventana. Ya saben los que han probado la mescalina que el viento a la piel, bajo los efectos de la sustancia, es una caricia de Dios.

-¿Les gusta fumar yerba?-preguntó el hombre.
Ellos no contestaron nada.

-No soy policía, ni nada por el estilo, es que tengo lastimada una rodilla y necesito fumar para aminorar el dolor, ¿tienen problema con que lo haga?

-Yo no tengo problema, ¿y tú, Tina?

-No, yo tampoco.

El hombre sacó un porro ya empezado del bolsillo de su camisa hawaiana y lo encendió. Chupó unas cuantas veces del cigarrillo antes de ofrecérselo a Javier, quien lo tomó sin prejuicios.

-Me lesioné al hacer la mudanza. Hace unos días me cambié de apartamento… Quisiera poder conseguir algo más fuerte.

-Nosotros tenemos mescalina, ¿quieres un poco?- dijo Javier.

El tipo pareció alegrarse.

-¿De verdad? ¿La traen con ustedes?

Tina llevaba la bolsa de mescalina en la mochila, la sacó y se la extendió a su novio sin mayor problema, junto con una cuchara.

-¿Se la meten a cucharadas?- Preguntó el tipo sorprendido al ver el paquete- Lo que es la juventud, yo a su edad tampoco tenía miedo; pero la vida lo cambia a uno, llegan las responsabilidades, los hijos, ya no puedes matarte con la misma libertad, ahora hay vidas dependiendo de la tuya…

-¿Tiene hijos?- Preguntó Tina con una voz que a ella misma le pareció salida de otro plano de la realidad, el plano entre el sueño y la vigilia, sin estar lo suficientemente despierta como para ser modorra.

-Tengo una niña de siete años, se llama Elaine- Dijo y luego giró un adorno que colgaba del espejo retrovisor, el cual contenía la foto de una niña regordeta y rubia.

Sin soltar el porro, Javier tomó el adorno y estuvo observando la fotografía durante algunos minutos.

-Es bonita- dijo al fin.

-Sí, es hermosa. Vamos, muchacho, dame un poco de eso, sólo poco menos de media cucharada.

Javier abrió la bolsa de plástico azul y sumergió la cuchara en el polvo amarillento, luego la llevó hasta la boca del hombre, quien lo tragó haciendo gestos de desagrado.

- ¿Y ustedes qué hacen además de estudiar periodismo y meterse alucinógenos a cucharadas?

-Nada- contestó Tina- vivimos en un pueblo podrido, ahí no hay mucho que se pueda hacer; si no te enganchas a las drogas o al alcohol, te enganchas a una persona y terminas casado y trayendo hijos al mundo nada más por traerlos. Una vida de porquería… Aunque eso no sucede nada más en los pueblos podridos, sucede en todo el mundo. Yo prefiero las drogas, incluso hasta cuando se vuelven una adicción, son menos tortuosas que el matrimonio.

- Qué sentido del humor tienes, niña. Ser padre no es tan malo.

- Está amargada- dijo Javier al mismo tiempo que lanzaba miradas coléricas a  Tina por el retrovisor.

Ella no tomó importancia a lo que él dijo por tener la atención puesta en las bolsas de sus ojos, cuando está muy pasado se asoman demonios por su mirada.

-¿Los bribones te han hecho sufrir demasiado?-  Preguntó el hombre a Tina.

-No es eso. Es sólo que estoy consciente de que no se puede ser totalmente libre. El ser humano es tan débil que tiene que estar agarrado de algo: una persona, una religión, sexo, trabajo, drogas… Y de estar sujeta a un hombre, prefiero estar sujeta a las sustancias. Aunque, claro, siempre te condenarán por asirte de algo ilegal, eso porque no se dan cuenta de que todos somos dependientes. Y entre los hombres y las drogas, prefiero las drogas; un hombre es un individuo con capacidad de decisión, tarde o temprano se irá, hará lo que le plazca siempre; y las drogas… las drogas siempre estarán ahí… siempre que tengas dinero suficiente para pagar por ellas.

- O un novio pendejo que pague por ellas, ¿no?- Interrumpió Javier.

Tina no contestó a eso porque era evidente que hacerlo la llevaría a sostener una discusión estéril frente a un desconocido. Los tres se quedaron callados. Por la velocidad a la que iban, el paisaje de la carretera parecía una pintura fresca que alguien había manipulado con las manos para hacerla ininteligible a los ojos. Los jóvenes parecían estar perdidos en la contemplación hasta que la bestia dormida que enmarcaba su lugar de origen se hizo visible, lo que indicaba que se aproximaba la hora de estar en su pueblo. Un letrero pequeño y deslucido a la orilla de la carretera decía “Bienvenidos”. El bulevar lleno de baches bifurca en calles solitarias y mal pavimentadas. Una tortillería. Un expendio de gasolina. Un súper mercado. Un taller mecánico. Un restaurante. Una acequia maloliente. Todos repletos de moscas, como un cadáver en descomposición.

Repentinamente, y ante las visiones mencionadas arriba, Tina se sumerge en su propio fango y empieza a recordar; recuerda a su madre estirándola del suéter rojo del uniforme para llevarla al preescolar, puede verse arrancando las hojas de los arbustos y hacerlas pedazos con las manos mientras llora porque no quiere ir con esa turba de enanos salvajes; luego se ve en el gran patio de una escuela cantando el himno nacional con la cara frente al sol; ve la pila bautismal de la iglesia; ve también la mancha roja de la menarquía en sus infantiles pantaletas amarillas; ve las manos de su padre llenas de sangre; y de pronto ve los ojos de Javier tras el cristal de la ventana del auto.

-Ya llegamos, Tina.

Ella no tiene otra opción distinta a regresar al presente y abrir la puerta del auto. Antes de salir, agradece al hombre rubio por el aventón; él, en señal de despedida, levanta una mano y esboza una mueca que ella interpretó como una sonrisa. Tomó la mano de Javier y caminó junto a él.

-¿En qué estabas, Tina?- preguntó él y luego la besó en la frente

Ella no le iba a decir que estaba viendo una mala película de su vida y prefirió mentirle.

-Pensaba en que la mente es algo incontrolable; el auto control, una falacia; y la prudencia, una burguesa mal cogida, como todas las burguesas.

No se dijo más. Caminaron algunas cuadras en perfecto silencio, con el sol besándoles la piel. Llegaron a casa de Tina, se sentaron afuera, en las sillas de jardín de mamá, ubicadas entre la oreja de elefante y las malvas. Continuaban callados. Ella gozaba la sensación del aire alimentando a sus pulmones en cada respiración, en ese momento no necesitaba otra cosa. Pasó algún tiempo para cuando Javier dejó caer su cabeza sobre el  pecho de Tina.

-Tu corazón está entonando una hermosa melodía desde hace un rato, ¿la escuchas?

-No, Javier, yo no la puedo oír…

-Dame la mesca, amor, quiero un poco más.

-Tú la tienes, no me la regresaste.

 La melodía del corazón de Tina dejó de ser armoniosa al ponerse en duda el paradero de la mescalina, por lo que Javier se puso de pie para buscar la bolsa azul en su mochila. Después de haberlo hecho, dijo angustiado:

-¡No la traigo! Búscala, búscala en tu bolso.

-Nunca me la regresaste. Búscala bien, entre tus cosas debe de estar.

-¡Búscala, pinche vieja!

Tranquilamente, Tina se inclinó para recoger su bolso del suelo. Lo abrió y lo volteó con la intención de dejar caer todo su contenido al suelo; cayó un cuaderno, una pipa y 2 lápices mordisqueados.

-No la tengo, ¿lo ves?



Mientras tanto, el hombre del auto color aceituna ya había pasado al colegio por su regordeta hija Elaine, quien se sentó en el lugar que había estado ocupando Javier y descubrió la cuchara de la mescalina sobre el tablero, con restos de la sustancia adheridos al metal por la saliva; casualmente, la tomó y empezó a golpear la puertecilla de la guantera emulando una canción que tocaba la banda de guerra de su escuela.

El hombre, absorto en sí mismo gracias a los primeros efectos de la medicina que él mismo se prescribió, tardó en percatarse de esto y, cuando lo hizo, arrebató la cuchara a su hija para tirarla por la ventana. La niña lo miró asustada, pero no dijo nada, sentía un gran respeto por su padre, como todos a su edad.

Cuando llegaron a casa, el hombre descendió del auto rápidamente para bajar algunas cosas del hogar que llevaba en la cajuela; la pequeña tomó su mochila y, al hacerlo, descubrió la bolsa azul junto a la palanca de velocidades, la abrió, el contenido le recordó al pinole que preparaba su abuela, tomó una pizca y la llevó a su boca, el amargo sabor de la sustancia la hizo contraer el rostro, a pesar de ello, no le resultó repulsivo, tomó otro poco y lo volvió a tragar. Finalmente, agarró la bolsa y fue hasta donde su padre.

-Papi, ¿qué es esto? Sabe a flores…