Cada vez que todo termina, me recrimino el no poder dejar
de hacerlo; estas quejas contra mí misma surgen segundos después de haber
alcanzado el clímax: cortesía del hijo de perra que hace un momento liberó a mi
anatomía de la suya y se dejó caer sudoroso y jadeante a mi lado, dándome la
espalda. La verdad es que me importa poco su indiferencia después del sexo, me
he acostumbrado ya, y por mi parte hago lo mismo, al final del desenfreno
dormimos (cuando ni él ni yo tenemos otra cosa por hacer) espalda con espalda.
A veces me gusta voltear a verlo y escudriñar -sin sentimentalismos baratos- su
cuerpecillo escuálido, sus escasos vellos castaños, su rostro de niño al
dormir; y al observarlo, como parte de mi hábito de recriminación post-coital, rememoro el motivo de mi debilidad ante su no
muy acentuada masculinidad...
Sinceramente cuando lo vi por vez primera, su aspecto
andrógino-infantil me produjo algo de repulsión: para mí era un enclenque
cuyas venas exhibicionistas se asomaban por toda su piel lechosa, dándole
un aspecto... ¿Cómo decirlo...? Algo así como viscoso, similar al de una
lombriz. Imposible imaginar que ese sujeto llegara a joderme algún día, ¡y
míralo ahora! Yace dormido plácidamente junto a mí, descansando entre sus
piernas esa flacidez satisfecha con mi femineidad.
¿Qué cómo carajos pasó esto? ¡Ah, fueron sus manos!
Supongo que fueron un elemento decisivo aunado a su audacia. Lo conocí en una
taberna a la que asisto frecuentemente, lo había visto en el lugar un par de
veces antes de que me abordara aquella noche de septiembre en la que el tugurio
estaba particularmente vacío:
-¿Qué estás bebiendo, muñeca?- Me dijo en aparente estado
de ebriedad.
El alcohol también comenzaba a hacer de las suyas en mi
estado anímico y sin reparos contesté:
-No creo que te importe, asqueroso. Y por favor no me
llames muñeca. Con las muñecas se juega, conmigo no.
Él comenzó a reírse.
-¿Sabes que es lo verdaderamente asqueroso, linda?
-Sí, tú. Eres jodidamente feo.
Volvió a reírse estrepitosamente. Sus carcajadas se
estrellaron contra los muros multiplicándose por todo el lugar y llamando la
atención del cantinero. Luego se quedó callado algunos segundos y me miró a los
ojos. Por debajo de la barra deslizó una de sus manos, comenzó a frotarla contra
mi entrepierna y dijo:
-Sé por qué tienes esa actitud, muñeca. Llevas un buen
tiempo sin estar con un hombre y el deseo te está volviendo histérica. Lo
verdaderamente asqueroso es la abstinencia sexual a la que te estás sometiendo
por puro berrinche.
Sobresaltada, tomé su mano y la retiré de mi cuerpo.
Entonces las vi. Me pareció raro encontrar en un hombre tan simple manos
descomunales, manos de mal viviente: enormes, salpicadas de cicatrices,
manchados los dedos de amarillo por el contacto de la combustión de cannabis
con su piel dactilar, y extrañamente, son la única parte de su cuerpo en la que
sus venas vulgares se muestran con bizarra elegancia, con fuerza. ¡Oh! Sus
ásperas manos… tan ásperas que me doblegan, tan denigradas que al tocar mi
cuerpo lo envilecen y conducen al insondable abisal del placer, a lo más bajo
de él...
Esa noche, como muchas de las noches siguientes a ésa,
fueron sus manos las que me convencieron de ceder ante sus bajos deseos. Han
sido las causantes de mi participación en el cumplimiento de las más sórdidas
fantasías que pueda tener un hombre. Mi fuerza de voluntad se diluye entre lujuria hasta perderse en
ella en cuanto sus manos exploradoras se deslizan, a veces con avidez, otras
veces con lentitud, por debajo de mi
indumentaria. Me trastorna su rudeza paseando por mi piel inoculando mi
tersura.
Y cuando se suscita este contacto entre nosotros, tengo la
certeza de que todos mis intentos por mandarlo al diablo debido a su falta de güevos se han perdido y que a esto
sucederán una serie de roces que aportan redondez a este círculo vicioso. Por más veces que he intentado abandonar esta
relación no he podido hacerlo. Sólo ha bastado con que él venga, me mire y sin
siquiera emitir palabra alguna comience
a indagar manualmente por los sinuosos territorios de mi anatomía, con ese sube
y baja de caricias que no hacen otra cosa más que despertarme el instinto.
Sólo eso basta para que él sepa que estoy dispuesta, que
puede arrancarme el vestido porque la pasión me ha turbado la razón y he
olvidado, momentáneamente, su afición por perderse en otros cuerpos cada noche
antes de venir a mí; y el muy cabrón se cerciora de esto llevando sus malditas manos
hacia mi vientre bajo para asegurarse de que me he vuelto agua, luego las
retira de entre mis piernas, acerca una a su rostro, se lame los dedos y dice
mirándome a los ojos:
-Hmmm... Estás como para chuparse los dedos.
Entonces yo lo miro indefensa y atontada, absorbida por
su habilidad para estimularme y no puedo decirle que no; más bien, no quiero
hacerlo. Cierro los ojos, lo beso en los labios
y me dejo llevar por su aliento, por su cuerpo, por sus manos. Él me
toma, me hace y me deshace. De vez en cuando deja escapar un débil y agitado te amo al que no puedo responder nada
porque prefiero que sea auténtico y me
llame puta.
Al fin y al cabo, aunque no nos guste reconocerlo, todos
somos putas: todos entregamos una parte de nosotros a cambio de algo; la
diferencia estriba en ese algo a cambio de lo que nos entregamos: algunos se
dan por compañía, otros por necesidad, algunos lo hacemos por placer, la gente
más vulgar se entrega por dinero y poder. En síntesis, de una u otra forma,
todos somos putas y yo lo reconozco.
Por eso le he enseñado a tratarme así, por eso y porque
me gusta que sea sucio y agresivo; lo paradójico del caso es que, al enseñarle
lo que me gusta le di más armas para dominarme y por eso me odio después de
venirme a manos de él. Le he dado más poder del que tiene sobre mí. Y hoy voy
recuperar ese poder: hoy cortaré sus manos.
Tengo algunos meses pernoctando con la idea de mutilarlo
y hace tres días tomé la decisión después de encontrar una lentejuela en su
pene que seguramente provino del vestido de la mujerzuela con la que acababa de
estar; se trataba de una maldita lentejuela color rosa. Me puse furiosa al verla.
Él solamente sonrió, me acarició una mejilla y alegó que lo más probable es que
la muy pícara se había desprendido de alguna de mis ropas, ¿quién se ha creído?
Yo seré una pobretona, pero no me visto como verdulera. Estaba furiosa, pero me
tragué la rabia porque supe que con ese descuido él acababa de firmar su
autorización para dar inicio a la carnicería.
Ahora sólo espero a que empiece a roncar. Me siento bien.
Esta vez no me encontrará el amanecer despierta y reprochándome en silencio por
continuar durmiendo a su lado; esta vez el
primer rayo del sol penetrará por la ventana y encontrará la caricatura
de un hombre manco anegado en su propia sangre, pálido, atado a lo que fue su
lecho y con una lentejuela rosa decorando su frente, ¡pero qué maravillosa
visión!
Para entonces yo iré sobre un avión de primera clase con
destino a Los Cabos, estaré sentada plácidamente en el asiento número 71, como
lo indica mi boleto, leyendo una revista Cosmopolitan y bebiendo un cóctel;
bajo la ropa llevaré mi bañador de lycra amarillo. Lo primero que haré al
llegar a la playa será correr descalza sobre la arena caliente para mojar mis
diminutos pies a la orilla del inmenso
mar. Estuve toda la tarde preparando mis maletas y gasté todos mis ahorros en
los preparativos del viaje, ¡será bellísimo…!
¡Oh! ¿Qué es ese
maravilloso sonido que llega hasta mis oídos? ¿Es lo que yo creo? Sí…Ha
comenzado a roncar… Muchas veces maldije ese defecto suyo, ahora me parece más
extático que el Claro de Luna de Beethoven. Es la banda sonora del comienzo del
fin del suplicio. Muevo su cuerpo ligeramente antes de abandonar la cama.
Parece un muerto. El vodka que serví esta noche con tanto placer en su vaso, ha
surtido el efecto que yo esperaba, no va a despertar tan fácilmente y sí lo
hace me va a importar un carajo, lo mismo que me va a importar que la policía
ubique al culpable. Nada me va a detener, sólo el demonio podría hacerlo.
Abandono la cama. Bajo ella he colocado lo indispensable
para llevar a cabo mi venganza: cadenas, candados y una pequeña sierra de
vaivén Craftsman que tomé prestada de casa de mis padres. Tomo su brazo derecho
y lo uno a un extremo de la cabecera con una cadena, lo aseguro con un candado y de igual manera ato sus
extremidades a cada esquina de la cama.
Cuando termino me paro frente a mi víctima con la sierra en la mano, y observo. Me fascina la
estampa, las tinieblas reinantes son
atenuadas por una luz marchita que entra de la calle; noto que está mucho más
delgado y gastado que cuando lo conocí, aún no le hago nada y ya parece un
cadáver.
Enciendo la sierra y ésta hace un simpático ruidito que
ahoga los benditos ronquidos, adecúo la velocidad del aparato cual si fuera a
cortar acero. Quiero que el corte sea rápido para que no despierte y me
interrumpa. Camino hacia la cama, subo sobre su cuerpo como si lo fuera a
montar, llevo la sierra hacia su mano derecha y cuando la navaja está a tres
centímetros de tocar su piel veo que ha abierto los ojos.
-Muñeca, no es hora de jugar… ¿Ahora qué quieres? Ten
cuidado con eso, no te vayas a cortar.
Retiro el artefacto de su brazo y le digo sin titubeos:
-No estoy jugando, cabrón, y, por amor de Dios, no me
digas muñeca.
-Vamos, nena… Papi está cansado, mañana es sábado y podrá
hacerte todo lo que quieras. Ven junto a papi, abrázame.
Yo me quedo estupefacta sobre su cuerpo, con la sierra
encendida en una mano. De repente su rostro exuda ternura.
-Por eso te amo, mami, ninguna tan enfermita como tú,
¿recuerdas la vez que me encañonaste la nuca con el revólver de tu padre mientras
te hacía sexo oral? No sabes cuánto me excita ver a una princesa usando máquinas como la que tienes, y más si está
desnuda, como tú ahora. Apaga esa cosa y siéntate en mi cara. Vamos. Hazlo…
No puedo moverme ni articular palabra. El hijo de puta me
mira y pasea la punta de la lengua por la comisura de sus labios.
-Ven, trae ese manjar para acá. Me ha dado hambre.
He olvidado decir que el maldito además de sus manos y
sus habilidades para manipular tiene una lengua demoniaca también. Apago la
Craftsman y me siento en su cara, ¡mierda! Aquí vamos de nuevo…