viernes, 6 de marzo de 2015

Mi aventura con un profesional



Mi relación con otros seres humanos nunca ha sido buena. Dicen que soy una mujer problemática, excéntrica, altanera. Y creo que independientemente de mi personalidad, el trato entre seres humanos siempre es difícil, pues qué es este mundo si no una cópula salvaje, encarnizada, de egos. Quiero suponer que lo que a mí me sucede no es un caso aislado y que acontece más frecuentemente de lo que se suele pensar. Me pierdo en dubitaciones cuando trato de encontrar explicaciones, pero es que acaso ¿hay algo que buscar? ¿No estamos todos condenados a la soledad? En fin, sea cual fuere la respuesta, yo no tengo otra opción más que hacer frente a la vida que me tocó vivir. Desde muy joven lo sentí así y desde entonces nunca pretendí engañarme, ni escapar de ello: estoy irremediablemente sola frente a la vida. Mis desafíos son sólo míos, de nadie más.






La aceptación de mi suerte de mujer insociable fue reforzada y estimulada por una particularidad de mi espíritu: el rechazo a las muchedumbres, a sus usos y costumbres. Esta animadversión no es un simple capricho mío, es una especie de alergia mística que me hace su presa en fiestas, bares de moda, en conciertos, en centros comerciales, en autobuses, en las aulas escolares, lugares en los que el sentimiento de soledad crece y se hace nítido, me sujeta, me estruja el corazón con sus garras heladas y lo único que puedo hacer bajo tal circunstancia es evitar los lugares concurridos, pues entre más soledades me rodeen, más insoportable me resulta esta alergia.





Después de explicar este aspecto de mi personalidad, parecerá lógico decir que no tengo un círculo social célebre, ni siquiera uno establecido. La única persona por quien me hacía acompañar regularmente era de Adolfo, mi pareja. Un hombre mucho menos solitario que yo y de temperamento alegre, pero que por un tiempo comprendió cabalmente mi aversión a las multitudes y se ajustó a ella. Desgraciadamente acaba el otoño y junto con él se esfumó esa comprensión, se cansó de nuestro estilo de vida en común y un domingo por la mañana desperté y ya no vi sus zapatos Oxford color café sobre el tapete a la entrada de la habitación.





Lo mismo que sucedió con los zapatos pasó con el resto de sus pertenencias. Adolfo se había ido. Otro hombre que se iba, como tantos otros ya lo habían hecho. Encendí un cigarrillo y me quedé en la cama pensando ¿qué tendrán otras mujeres que no tengo yo? No es que sintiera que todo en mi vida se desmoronaba a causa de su partida, era parte del ritual de adaptarme de nuevo a ser sólo yo; pronto lo olvidaría, lo sabía con certeza porque lo nuestro duró poco, además de que nunca fue algo demasiado pasional.






Cuando Adolfo llegó a mi vida estaba decidida a no volver a intentarlo con otro hombre. Me hallaba cansada de ese ir y venir, de tener que explicarle al tipo en turno que prefería quedarme en casa porque me molestaba la gente y que no quería pasar la navidad con sus tías ni con las mías. Pero a Adolfo Sonrisa de anuncio de dentífrico lo conocí en el supermercado un día en que yo tenía la ovulación, recuerdo que estuve caliente desde temprano y aunque me masturbé dos veces no conseguí calmar mis apetitos.






Ese día lo conocí, con los calzones todavía húmedos de mis jugos. Él estaba en la misma fila para pagar que yo. Tic, tic, tic. Sonaban los artículos al pasar por el lector de código de barras. Sonrisa de anuncio de dentífrico llevaba solamente una bolsa con zanahorias y un paquete de hilo dental. Al verme detrás de él, sonrió mostrando una poesía por dientes y cortésmente me cedió su lugar. Después de realizadas las transacciones necesarias, me alcanzó en las afueras del establecimiento e insistentemente se ofreció a cargar mis adquisiciones hasta la parada del autobús. Todo un caballero. Terminamos haciéndolo como animales en la alfombra de mi apartamento. Las zanahorias salieron de su empaque y se desperdigaron aquí y allá. Es en esta parte en donde me gustaría poner una frase trascendente para decir que cuando no estas esperando ni buscando nada, todo llega; pero no se me ocurre algo inteligente.






A Adolfo no lo amaba tanto como amé a otros hombres, con otros llegué al punto de querer matarlos y era entonces cuando me daba cuenta de que estaba perdida de amor. A él nunca lo vi y pensé: “O tú o yo, alguno de los dos tiene que morir”. Y aunque el sexo era MUY bueno, nunca me lo follé como si quisiera absorber su energía vital con mi vagina. No, con Adolfo todo era diferente. Aquello a veces no se me figuraba sexo, me parecía más un ritual de adoración en el que yo hacía las veces de estatua de una diosa. Él se arrastraba, lloriqueaba por un besito, se deslizaba húmedo y caliente por mi cuerpo, mientras yo permanecía completamente inmóvil a petición suya. Eso me gustaba mucho.






Aunque también tengo memoria de sucesos que no me agradaban, los cuales pensé podrían ayudarme a superar más fácilmente la separación. Estos sucesos eran sus celos enfermizos (cosa curiosa porque ni siquiera tengo muchos amigos) y su mojigatería fragmentaria, por mencionar un ejemplo importante en el que ambos defectos se exhiben ridículamente: se deshizo del par de penes de plástico que compré poco antes de conocerlo, cuando tomé la resolución de olvidarme de los hombres. Estos falos artificiales formaban parte del decorado de mis muebles del baño y cumplían la labor de darme placer durante las horas solitarias a las que ningún hombre podría tener acceso. Cuando se mudó a mi apartamento, se mostró incómodo ante el hallazgo y un día, sin consultarlo conmigo, sustituyó mis juguetes por aparatejos de limpieza dental, porque Adolfo también tiene sus manías y la más notable es su obsesión por la higiene bucal.





A menudo despertaba hecho una sopa porque había soñado que perdía sus seráficos dientes. Cuenta que estos sueños comenzaron a ocurrirle a partir de una experiencia suscitada cuando era niño. Recuerda que caminaba por una calle solitaria sin percatarse de la presencia de otros transeúntes además de él cuando, repentinamente, escuchó pasos débiles tras de sí y al girar la cabeza se encontró con una vieja cuya cabellera gris se elevaba al cielo, rígida de suciedad, separada en mechones irregulares a la altura de la coronilla. La mujer lo miró un momento con sus penetrantes ojos negros y luego sonrió ostentando por boca un inescrutable agujero negro bordeado por las encías rojas, cínicas, en las que no había ni un solo diente. El pequeño Adolfo cayó desmayado y cuando despertó inició una cacería inacabable de información de todo lo relacionado con las causas de la caída de los dientes y las formas de prevenirla. Obsesión que hasta la fecha continúa.





La parte interesante de esta historia viene a continuación, lo anterior fue palabrería para situarte en el contexto en que me encontraba entonces. Pues bien, el día que Adolfo se fue la hielera estaba vacía. Muy vacía. Sólo la ocupaba un cartón de leche podrida. Después del cigarrillo, y de un momento de auto conmiseración me dio hambre. Un hambre feroz. Estaba calzándome un pantalón de mezclilla para salir a buscar algo cuando el teléfono sonó, lo primero que vino a mi mente fue Adolfo sentado sobre sus maletas desde un teléfono público, arrepentido. Pero al descolgar la bocina, escuché la voz de mi madre:





-¿Qué estás haciendo? Seguro que te acabo de despertar, siempre has sido una holgazana. ¿Y Adolfo?





-Se fue. No me preguntes por qué ni a dónde porque no lo sé. Sólo tomó sus cosas y se fue.





-Siempre te abandonan, hija ¿qué es lo que les haces?






Y en el amor no es tanto lo que haces, sino lo que NO haces. Pero mi madre habla con la voz de las ansias por verme casada. Mi madre y su “perfección”. Su no cojas, no bebas, no te rías. Siempre apuñalándose el vientre, arrepentida de haber parido, y aun con su mala experiencia tiene el descaro de sugerir que me case y me ponga a tener hijos. Lo desea porque así tendría yo una vida normal, como la de la mayoría de las mujeres: sometida a la voluntad y billetera de un marido y con un par de chiquillos o más. Con una responsabilidad de ésas ya no me quedaría tiempo de andar soñando, y si no sueño, aseguro mi estabilidad y de paso la de ella con respecto a mí, que es lo que en realidad le importa. Ella dice “estabilidad por encima de libertad”. Afortunadamente, existe el condón: maravilloso invento que permite a muchas mujeres más afortunadas que yo perseguir mariposas todo el día y coger en sus ratos libres. Para unas están los niños; para otras, el condón; para mí está el dildo. Rezan los animalistas: “Entre más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. Proclamo yo: “Entre más conozco a los hombres, ¡más quiero a mi dildo!”. Y punto final de la conversación, madre: Adolfo fue el último, algo así como una recaída.






Mi madre colgó no sin antes advertirme que tenía planeado visitarme PRONTO. La hielera seguía vacía. Mi estómago gruñía en atroz demanda. Y a mí me entraron unas ganas de follar tremendas. Que Cristo se apiade de mí por tener ganas de follar en tales circunstancias. ¡Pero que se jodan Cristo, Adolfo y mi madre! Y bajo esta consigna, terminé de prepararme y me fui a la calle a comer hamburguesas con gruesas tajadas de carne roja y grasienta.


Una vez satisfecha la más básica de todas mis hambres, me apresté a aquietar aquel otro deseo sofocado en mis pantalones: mis ganas de coger. Pero no tenía a quién llamar. Ni un solo amigo solícito. Pensé en tomar a cualquier hombre, al primero que pasara. Pero me faltaron ovarios y además no quería pescar ladillas o algo peor. Así que regresé sobre mis pasos a la habitación. Al llegar noté que las macetas de la entrada estaban en posición distinta a la que solían estar. Como si alguien hubiese estado hurgando ahí. Del primero que sospeché fue de Adolfo (otra vez), ahí escondíamos un juego de llaves. Y pensé que él era la única persona que sabía eso.





-¡Adolfo! ¡Adoooooooolfo!- grité al entrar a la casa, pero nadie contestó.






Me convencí de que lo más probable es que sólo se tratara de mi imaginación. Estaba sola y ardiente de deseo. Eso lo hace a uno fantasear. En mi situación era natural que evocara la presencia de Adolfo: me acababa de abandonar y estaba caliente. Si el muy cabrón no hubiera tirado las vergas de juguete ahora tendría con qué alimentar a mi otra boca. Salivo al recordar mis suculentas vergas de látex. Tenían una textura resbaladiza muy, pero que muy interesante. Y eran resistentes, podía ponerme intensa y atacarlas con las uñas sin que perdieran su uniformidad. Uno era rosa y el otro azul. Ni hablar, quién sabe en dónde estén ahora. “Tendré que hacerlo manual”, pensé.






Y tú sabes, lector, que antes de empezar a tocarse es necesario lavarse bien las manos. Más de una vez me he enchilado el coño. Sí, así como lo lees. Al tener contacto con irritantes -salsas y chiles, para ser específica- e inmediatamente después haberme hecho la chaqueta… ¡Qué horror! He sentido mi coño quemarse, una fea sensación que juré no volver a experimentar. Y como sazoné las hamburguesas que había comido con chile jalapeño, fui al baño a lavarme bien las manos antes de empezar. Justo a un lado del lavamanos está el mueble de madera que antes albergaba mis falos de goma y que entonces contenía los cepillos de dientes que Adolfo había olvidado llevarse, los cuales pertenecían a todas las clases existentes: desde manuales a eléctricos en todas sus variedades.






Había uno en específico que llamó mi atención: el Professional Black 7000. Revivo la odisea que fue para Adolfo conseguirlo, lo mandó pedir al extranjero por Internet y el paquete se extravió y al rastrearlo se descubrió que estaba retenido en la aduana por sospechoso. ¡Quién sabe qué tendrá de sospechoso un maldito cepillo de dientes eléctrico! ¡Los gringos de mierda y su delirio de persecución! Sea como fuere, el cepillo fue recuperado y llegó a manos de Adolfo, quien se enamoró de él desde la primera cepillada. No dejaba de hablar de la inigualable sensación de limpieza que dejaba en la boca, de sus distintas funciones: como el modo de cepillado para una limpieza profunda, el cuidado de dientes sensibles, blanqueante, masaje de encías y su glamoroso movimiento de oscilación-rotación. Hasta conexión Bluetooth tenía el aparatejo. Una monada cuyo cabezal se mueve miles de veces por minuto…





“¡Pero qué demonios hago haciéndomelo manual cuando tengo a mi disposición una maquinita como ésta! ¡Ni siquiera el soso de Adolfo se cepillaba manualmente!”, me dije, y tomé incontinenti la decisión de masturbarme con ese cepillo de dientes. Ahora bien, la masturbación femenina es un arte, una tiene que ponerse imaginativa y concentrarse en lo que está haciendo. Porque la finalidad es un orgasmo: cosquillas en el vientre, palpitaciones, sangre efervescente, gemidos, ojos fuera de sus órbitas, deseos de que no acabe nunca, todo eso.






No es como cuando te follas a un hombre, en tal caso importan otras cosas además del momento clímax. Tampoco es como ser hombre y masturbarte o follar. A los hombres apenas les muestras unas tetas o lo que sea que les guste y ya se les ha puesto dura y están dispuestos. No necesitan crear un argumento ni predisponerse. Les basta una serie de embestidas de verga: entra y sale; entra y sale; entra y sale; entra y sale… Y se han corrido. No digo que para ellos sea menos satisfactorio, es sólo que si se les da la gana pueden prescindir de la creatividad para excitarse y alcanzar un orgasmo. Además, muchas de las veces un acostón puede no ser tan placentero como cuando te conoces, sabes hacértelo a solas Y TE LO HACES. La prueba del placer definitiva para una mujer es la masturbación.





Así que después de elaborar una fantasía, puse manos a la obra y lo que hice fue colocar una toalla húmeda sobre el cepillo y aceitar mi clítoris con lubricante. Me acosté de espaldas, con las piernas abiertas en uno de los sillones de la sala, frente a un gran espejo. No sé si sea signo de narcisismo, pero me excita endiabladamente contemplarme desnuda mientras me masturbo. Con mi mano izquierda abrí los labios para exponer el clítoris, sostuve el cepillo encendido y vibrante con mi mano derecha y presioné suavemente sobre mi centro. Con movimientos hacia arriba y hacia abajo, a veces lo dejaba en un punto, en cierta de sus modalidades según lo que se sentía bien, sin mover las caderas. Mi preferida fue blanqueado dental. Realmente la acción no comienza hasta que empiezas a fantasear, y según la calidad de la fantasía es la calidad del orgasmo.






Después de unos minutos de estimulación, ahí lo tenía, estaba a punto de desbordarme en un orgasmo fenomenal. Se aproximaba el ansiado alivio. Ya estaba corriéndome de lo lindo y, como es natural en esas circunstancias, cerré los ojos y apreté los labios para que el placer no tuviera por dónde escapar. Posterior al orgasmo siempre me queda la impresión de estar sometida a una especie de agradable letargo. Comenzaba a refocilarme con dicha sensación cuando, al abrir los ojos, observé a través del espejo el lívido rostro de mi madre. Tímida, asustada, como una niña me observaba detrás del sillón. Y yo no supe qué decir. El cepillo de dientes seguía vibrando todavía amordazado por la toalla húmeda.






-Tomé las llaves de la maceta de alelíes- dijo mi madre.





Después de unos momentos de silencio sepulcral entre ambas, alguien llamó a la puerta. No tuve oportunidad de pronunciar palabra. Y aunque la hubiera tenido no hubiera sabido qué decir. Era algo incómodo, definitivamente.






Fui a vestirme mientras ella atendía la puerta, tras de la cual estaba Adolfo, quien regresaba por el cualificado Professional Black 7000. Después de indicarle en dónde se encontraba sin explicarle el por qué, me solicitó permiso para lavarse los dientes. Él ya no vivía ahí, estaba en mi propiedad.





Mi madre y yo nos miramos y cuando él se alejó para enjuagarse la boca, en un arranque de desfachatez, le dije:





-Vamos, mamá, ni que nunca me hubieras mirado el coño, me cambiabas los pañales… Y ni que él nunca me lo hubiera comido…






Sé que no fue muy inteligente, pero ¿qué harías tú si tu madre te pilla frotándote el coño con un cepillo de dientes eléctrico?






Ella se santiguó, dio media vuelta, se dirigió a la puerta y ya estando fuera gritó:





-Eres irremediable. Así nunca conseguirás un marido.





Dio un portazo y desapareció.






Adolfo salió del baño con mi cepillo favorito en el bolsillo de su camisa. Me dio un beso en el pómulo y también se fue. Sola de nuevo. Hace ya tres meses de eso y fue la última vez que los vi a ambos.


viernes, 16 de mayo de 2014

Mejor puta que princesa

Crecí con las películas de las princesas de Disney.  No había película con una princesa de la que yo no me supiera la banda sonora y los diálogos. Completos. Incluso, mi papá me decía Blanca Nieves debido al negro de mi cabellera y a la palidez de mi piel.
Creo que de niñas todas queremos ser princesas, hay algo inexplicablemente atractivo en la historia de una princesa, probablemente sea la magia que envuelve y resuelve sus vidas, o la belleza y virtud con las que el destino enriqueció sus existencias. No sé muy bien qué es, sólo sé que yo también quise ser una de ellas.
La vida tenía otro plan para mí, a los 17 años perdí mi virginidad. Estaba borracha, de modo que no me costó mucho decidirme a entrar con un chico al baño de mujeres de la prepa y hacerlo dentro de uno de los cubículos. Sin magia. Sin dragones. Sin vestidos abultados. Sólo unas cuantas cervezas oscuras durante la ausencia del profesor de química  y atracción mutua desde un semestre atrás. Evidentemente, había olvidado mi sueño aquel de ser una princesa, de tal manera que desde entonces pasé por determinado número de camas sin recordarlo, hasta hace poco, siete años después de mi primer encuentro sexual en aquel baño.
El recuerdo vino a mí en forma de oleadas de placer sobre mi vientre. Me encontró con las piernas abiertas sobre una piedra, al aire libre. Mi novio me estaba chupando el coño. Cuando él me chupa casi siempre cierro los ojos porque aunque los mantenga abiertos no veo nada. Aquel día fue diferente, tuve el deseo de contemplarlo y, al hacerlo, recordé que alguna vez en mi vida deseé ser una princesa. Había fallado. Él no era un príncipe y ese lugar no era un castillo, sino un terreno baldío. Yo pensaba en lo anterior cuando mi chico aceleró los movimientos de su lengua y entonces sentí venir tremendo orgasmo...
Al concluir, con las mejillas sonrosadas, la sangre aún ardiente y su cabeza entre mis piernas comprendí que si había algo más maravilloso que ser una princesa, eso era ser una puta sucia. Y entre más sucia, mejor.

domingo, 2 de marzo de 2014

Licuado de reflexiones en una tarde de carnaval en Jerez, con el corazón roto y la neurosis a todo lo que da

La peor decepción que puede tener  una madre es que su hija, sí, su hija, su himen precioso y sonrosado piense siempre en genitales. Los genitales son una tarea para los hombres, a ellos obsesiona el coño y las tetas, ¡tú eres mujer, caray! Cuida lo que llevas entre las piernas, si dosificas bien sus placeres conseguirás un buen maridito. Nadie quiere por mucho tiempo a una puta. Y entonces me pongo mis zapatitos, y sonrío, y salgo al mundo para que me quieras. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis por seis: treinta y seis más diez: cuarenta y seis más otros diez: cincuenta y seis. Y una hipertensión de la chingada por estar fingiendo siempre.  Tu marido dejó de cogerte a los 46 y empezó a irse con las putas, ¿quiénes son los que no quieren a las putas? Yo siempre veo concurridos de gente sonriente y danzarina los congales. Sí, pero ellos también están fingiendo. Las  putas de tal congal tienen maridos que están con otras putas que trabajan en otros congales y los hombres que ahí bailan están gastando en ¡cerveza para todos! El dinero que deberían dar a sus hijos, evadiendo su soledad perenne. Cuando se cierra el burdel, los danzantes se diseminan por la ciudad con el ánimo adormecido por el alcohol, y duermen solos aunque acompañados.

Cantinero, ¿me sirve un vaso de semen?

Coger, ¡qué palabra tan incómoda, dulzura! Más si brota de labios de una jovencita de ojos tristes. Coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger…

Y sin copiar y pegar. Presiona las malditas teclas cada vez que lo escribas. Hasta que se borren las inscripciones en color blanco de tu teclado de la C, la O, la G, la E, la R; escríbase como cuando en la primaria tu maestro te pedía planas y planas de esa palabra en la que te equivocabas; pronúncialo tantas veces que te desgarres la garganta en ese punto álgido en el que llegas a la unión de la G con la E: coGEr.

Hijita, con dinero baila el perro y sin dinero bailamos como perro.

Un día tendrás una familia. Cuentas por pagar. Dar la vida por otros, en eso estriba la calidad humana... Y tú eres egoísta y malvada.

“El egoísmo no consiste en vivir como uno quiere vivir, sino en pedirles a los demás que vivan como uno quiere que vivan.”

Deberías de dejar de leer toda esa mierda, eso lo escriben para que a pendejos como tú se les vaya la vida en ensoñaciones ¿y, dime, qué vas a hacer ahora que has terminado la carrera? Una puta oficina, el trato con la gente, las relaciones públicas, un periodista necesita ganarse a sus fuentes y reírse de los chistes malos de su superior: más que en el talento, en eso radica el éxito laboral… ¿Y tú crees que me vea bien chupando culos? Porque si es así, mejor me voy de actriz porno, en todos lados me la van a meter. Me gusta escribir, pero no sé plasmar más que cosas como estas, sí, a veces también yo siento asco de mis pensamientos; pero ya intenté pensar en unicornios y sólo puedo imaginarlos cagando arcoíris,

Las cosas que he escrito me dan asco. No publico porque pienso que la humanidad no necesita mi mierda. Cuánta mierda consumimos a diario y cuánta mierda producimos a diario. Aunque, no puedo evitarlo, por eso me abrí un blog, es mi retrete intelectual. Aquí acaba mi porquería. Aquí pongo lo que yo quiera. Y lo hago no para obtener aprobación, sino como forma de expresión. 

sábado, 1 de marzo de 2014

Mi perra Daisy se me escapó con un calabacero porque no soy bueno o Sin permiso no hay sometimiento


Sólo una vez me he sentido amado. Cuando se trata de contabilizar los grandes amores en la vida de uno, la familia no cuenta: ellos no eligen que seas precisamente tú parte de su vida, en la mayoría de los casos es así porque falló el método de contracepción o porque no lo hubo…  Faltó el sangrado. Tu madre tuvo un susto de la chingada. La prueba barata de farmacia dio positivo. Y entonces vino la resignación de tu madre, las críticas de tus tíos y las chambritas en amarillo porque era muy temprano para conocer tu sexo. 

Y aunque los hombres y las mujeres cohabitaran siempre con afán de procrear, no lo hacen eligiendo de antemano al individuo que irrumpirá en sus vidas.  Por eso el amor de la familia no entra en mi lista de grandes amores, es producto de la casualidad, del destino, del azar, de Dios (hay para todos según creencias). Te aman porque, de acuerdo a su moral, no tuvieron más opciones, no pudieron decidir a quién amar. No es reproche y no por lo anterior es menos majestuoso el amor de familia, al contrario, eso lo hace grande, sólo que prefiero no incluirlo porque no lo decidieron ellos, así les hicieras mierda la yugular hasta el último estertor te amarían aún sin poder decidir dejar de amarte.

Fuera de mi familia, solamente una vez me he sentido amado. Dicen que el nombre hace al individuo, y en este caso es muy cierto, se llamaba Daisy: un nombre muy ad hoc para perras de raza pequeña. Ella era algo así, tenía los ojos cafés, redondos, muy inocentes;  el cabello castaño, rizado y se ponía en él listones de satín en colores pastel; era de baja estatura y de caderas anchas. Por fuera no era lo que yo consideraría una mujer atractiva, siempre las preferí de mirada agresiva, altas, flacas y de cabello oscuro; pero Daisy resultó ser insuperable, era tan perfectamente destructiva que creo que es la mente más podrida que he conocido hasta ahora.

Nos conocimos en una cantina (¿existirá algún otro tipo de lugares para conocer gente interesante y empezar buenas historias?). Ella entró a pedir el baño prestado,  era evidente que estaba muy tomada. La abordé y le invité un trago, una cosa llevó a la otra y cuando estuvimos solos le quité uno de sus listones y traté de ahorcarla con él mientras follábamos. No se asustó, no chilló, se excitó. Me enamoré, tal vez demasiado rápido, pero para mí eso había sido una exhibición más que suficiente de su ser interior.

Desde entonces la vi cada miércoles. Había veladas en las que se tiraba en la alfombra y no hacía otra cosa más que besarme los pies y decirme que me adoraba. Yo nunca le contesté a eso, sólo miraba directo a sus ojos de cachorra y me dejaba caer en ellos como lluvia sobre el mar. Entonces me sentía amado. También me sentía así cuando me dejaba destrozarla como el viento a la nube. Puedo decir sin problemas que ella estuvo en contacto con lo peor de mí y nunca se sorprendió, al contrario, siempre estuvo ahí por decisión propia.

Hicimos tanto juntos que si nuestra piel tuviera voz, la gente nos temería. Y fue así hasta que un día, en uno de nuestros juegos, estaba yo tan excitado que se me pasó la mano, le abrí de un puñetazo la piel de la ceja y la sangre cayó por su piel rosada obligándola a cerrar un ojo. Nunca me había parecido más bonita como hasta entonces. Se veía tan viva… Caí a sus pies y por primera vez le dije que la amaba. Ella me pateó el rostro y se fue. Antes me dijo muy molesta que había estado pidiéndome que me detuviera, pero es que yo no la escuché. Me dejé llevar por la pasión.


La busqué después, pero fue en vano. Lo único que conservo de ella es una gota de sangre que cayó ese día en mi colchón y un listón azul cielo que le quité alguna vez. Me he enterado de que ahora sale con un tipo que vende calabazas y que él le compra flores y la lleva de la mano a comer helado. La extraño, pero creo que fue lo mejor, espero que esté siendo feliz, yo no soy bueno, nunca se me hubiera ocurrido llevarla a comer helado. Yo la amaba de otra manera, y la amaba tanto que hasta la hubiera matado. Sé que también ella me amó y que a eso nadie, ni el destino, ni el azar, ni la casualidad,  la obligaron.

jueves, 16 de enero de 2014

Hadd

Cada vez que todo termina, me recrimino el no poder dejar de hacerlo; estas quejas contra mí misma surgen segundos después de haber alcanzado el clímax: cortesía del hijo de perra que hace un momento liberó a mi anatomía de la suya y se dejó caer sudoroso y jadeante a mi lado, dándome la espalda. La verdad es que me importa poco su indiferencia después del sexo, me he acostumbrado ya, y por mi parte hago lo mismo, al final del desenfreno dormimos (cuando ni él ni yo tenemos otra cosa por hacer) espalda con espalda. A veces me gusta voltear a verlo y escudriñar -sin sentimentalismos baratos- su cuerpecillo escuálido, sus escasos vellos castaños, su rostro de niño al dormir; y al observarlo, como parte de mi hábito de recriminación post-coital,  rememoro el motivo de mi debilidad ante su no muy acentuada masculinidad...

Sinceramente cuando lo vi por vez primera, su aspecto andrógino-infantil me produjo algo de repulsión: para mí era un enclenque cuyas  venas exhibicionistas  se asomaban por toda su piel lechosa, dándole un aspecto... ¿Cómo decirlo...? Algo así como viscoso, similar al de una lombriz. Imposible imaginar que ese sujeto llegara a joderme algún día, ¡y míralo ahora! Yace dormido plácidamente junto a mí, descansando entre sus piernas esa flacidez satisfecha con mi femineidad.

¿Qué cómo carajos pasó esto? ¡Ah, fueron sus manos! Supongo que fueron un elemento decisivo aunado a su audacia. Lo conocí en una taberna a la que asisto frecuentemente, lo había visto en el lugar un par de veces antes de que me abordara aquella noche de septiembre en la que el tugurio estaba particularmente vacío:

-¿Qué estás bebiendo, muñeca?- Me dijo en aparente estado de ebriedad.

El alcohol también comenzaba a hacer de las suyas en mi estado anímico y sin reparos contesté:

-No creo que te importe, asqueroso. Y por favor no me llames muñeca. Con las muñecas se juega, conmigo no.

Él comenzó a reírse.

-¿Sabes que es lo verdaderamente asqueroso, linda?

-Sí, tú. Eres jodidamente feo.

Volvió a reírse estrepitosamente. Sus carcajadas se estrellaron contra los muros multiplicándose por todo el lugar y llamando la atención del cantinero. Luego se quedó callado algunos segundos y me miró a los ojos. Por debajo de la barra deslizó una de sus manos, comenzó a frotarla contra mi entrepierna y dijo:

-Sé por qué tienes esa actitud, muñeca. Llevas un buen tiempo sin estar con un hombre y el deseo te está volviendo histérica. Lo verdaderamente asqueroso es la abstinencia sexual a la que te estás sometiendo por puro berrinche.

Sobresaltada, tomé su mano y la retiré de mi cuerpo. Entonces las vi. Me pareció raro encontrar en un hombre tan simple manos descomunales, manos de mal viviente: enormes, salpicadas de cicatrices, manchados los dedos de amarillo por el contacto de la combustión de cannabis con su piel dactilar, y extrañamente, son la única parte de su cuerpo en la que sus venas vulgares se muestran con bizarra elegancia, con fuerza. ¡Oh! Sus ásperas manos… tan ásperas que me doblegan, tan denigradas que al tocar mi cuerpo lo envilecen y conducen al insondable abisal del placer, a lo más bajo de él...

Esa noche, como muchas de las noches siguientes a ésa, fueron sus manos las que me convencieron de ceder ante sus bajos deseos. Han sido las causantes de mi participación en el cumplimiento de las más sórdidas fantasías que pueda tener un hombre. Mi fuerza de voluntad  se diluye entre lujuria hasta perderse en ella en cuanto sus manos exploradoras se deslizan, a veces con avidez, otras veces con lentitud,  por debajo de mi indumentaria. Me trastorna su rudeza paseando por mi piel inoculando mi tersura.

Y cuando se suscita este contacto entre nosotros, tengo la certeza de que todos mis intentos por mandarlo al diablo debido a su falta de güevos se han perdido y que a esto sucederán una serie de roces que aportan redondez a  este círculo vicioso.  Por más veces que he intentado abandonar esta relación no he podido hacerlo. Sólo ha bastado con que él venga, me mire y sin siquiera emitir palabra  alguna comience a indagar manualmente por los sinuosos territorios de mi anatomía, con ese sube y baja de caricias que no hacen otra cosa más que despertarme el instinto.

Sólo eso basta para que él sepa que estoy dispuesta, que puede arrancarme el vestido porque la pasión me ha turbado la razón y he olvidado, momentáneamente, su afición por perderse en otros cuerpos cada noche antes de venir a mí; y el muy cabrón se cerciora de esto llevando sus malditas manos hacia mi vientre bajo para asegurarse de que me he vuelto agua, luego las retira de entre mis piernas, acerca una a su rostro, se lame los dedos y dice mirándome a los ojos:

-Hmmm... Estás como para chuparse los dedos.

Entonces yo lo miro indefensa y atontada, absorbida por su habilidad para estimularme y no puedo decirle que no; más bien, no quiero hacerlo. Cierro los ojos, lo beso en los labios  y me dejo llevar por su aliento, por su cuerpo, por sus manos. Él me toma, me hace y me deshace. De vez en cuando deja escapar un débil y agitado te amo al que no puedo responder nada porque prefiero  que sea auténtico y me llame puta.

Al fin y al cabo, aunque no nos guste reconocerlo, todos somos putas: todos entregamos una parte de nosotros a cambio de algo; la diferencia estriba en ese algo a cambio de lo que nos entregamos: algunos se dan por compañía, otros por necesidad, algunos lo hacemos por placer, la gente más vulgar se entrega por dinero y poder. En síntesis, de una u otra forma, todos somos putas y yo lo reconozco.

Por eso le he enseñado a tratarme así, por eso y porque me gusta que sea sucio y agresivo; lo paradójico del caso es que, al enseñarle lo que me gusta le di más armas para dominarme y por eso me odio después de venirme a manos de él. Le he dado más poder del que tiene sobre mí. Y hoy voy recuperar ese poder: hoy cortaré sus manos.

Tengo algunos meses pernoctando con la idea de mutilarlo y hace tres días tomé la decisión después de encontrar una lentejuela en su pene que seguramente provino del vestido de la mujerzuela con la que acababa de estar; se trataba de una maldita lentejuela color rosa. Me puse furiosa al verla. Él solamente sonrió, me acarició una mejilla y alegó que lo más probable es que la muy pícara se había desprendido de alguna de mis ropas, ¿quién se ha creído? Yo seré una pobretona, pero no me visto como verdulera. Estaba furiosa, pero me tragué la rabia porque supe que con ese descuido él acababa de firmar su autorización para dar inicio a la carnicería.

Ahora sólo espero a que empiece a roncar. Me siento bien. Esta vez no me encontrará el amanecer despierta y reprochándome en silencio por continuar durmiendo a su lado; esta vez el  primer rayo del sol penetrará por la ventana y encontrará la caricatura de un hombre manco anegado en su propia sangre, pálido, atado a lo que fue su lecho y con una lentejuela rosa decorando su frente, ¡pero qué maravillosa visión!

Para entonces yo iré sobre un avión de primera clase con destino a Los Cabos, estaré sentada plácidamente en el asiento número 71, como lo indica mi boleto, leyendo una revista Cosmopolitan y bebiendo un cóctel; bajo la ropa llevaré mi bañador de lycra amarillo. Lo primero que haré al llegar a la playa será correr descalza sobre la arena caliente para mojar mis diminutos  pies a la orilla del inmenso mar. Estuve toda la tarde preparando mis maletas y gasté todos mis ahorros en los preparativos del viaje, ¡será bellísimo…!

 ¡Oh! ¿Qué es ese maravilloso sonido que llega hasta mis oídos? ¿Es lo que yo creo? Sí…Ha comenzado a roncar… Muchas veces maldije ese defecto suyo, ahora me parece más extático que el Claro de Luna de Beethoven. Es la banda sonora del comienzo del fin del suplicio. Muevo su cuerpo ligeramente antes de abandonar la cama. Parece un muerto. El vodka que serví esta noche con tanto placer en su vaso, ha surtido el efecto que yo esperaba, no va a despertar tan fácilmente y sí lo hace me va a importar un carajo, lo mismo que me va a importar que la policía ubique al culpable. Nada me va a detener, sólo el demonio podría hacerlo.

Abandono la cama. Bajo ella he colocado lo indispensable para llevar a cabo mi venganza: cadenas, candados y una pequeña sierra de vaivén Craftsman que tomé prestada de casa de mis padres. Tomo su brazo derecho y lo uno a un extremo de la cabecera con una cadena, lo aseguro con un  candado y de igual manera ato sus extremidades a cada esquina de la cama.
Cuando termino me paro frente a mi víctima con la  sierra en la mano, y observo. Me fascina la estampa,  las tinieblas reinantes son atenuadas por una luz marchita que entra de la calle; noto que está mucho más delgado y gastado que cuando lo conocí, aún no le hago nada y ya parece un cadáver.

Enciendo la sierra y ésta hace un simpático ruidito que ahoga los benditos ronquidos, adecúo la velocidad del aparato cual si fuera a cortar acero. Quiero que el corte sea rápido para que no despierte y me interrumpa. Camino hacia la cama, subo sobre su cuerpo como si lo fuera a montar, llevo la sierra hacia su mano derecha y cuando la navaja está a tres centímetros de tocar su piel veo que ha abierto los ojos.

-Muñeca, no es hora de jugar… ¿Ahora qué quieres? Ten cuidado con eso, no te vayas a cortar.

Retiro el artefacto de su brazo y le digo sin titubeos:

-No estoy jugando, cabrón, y, por amor de Dios, no me digas muñeca.

-Vamos, nena… Papi está cansado, mañana es sábado y podrá hacerte todo lo que quieras. Ven junto a papi, abrázame.

Yo me quedo estupefacta sobre su cuerpo, con la sierra encendida en una mano. De repente su rostro exuda ternura.

-Por eso te amo, mami, ninguna tan enfermita como tú, ¿recuerdas la vez que me encañonaste la nuca con el revólver de tu padre mientras te hacía sexo oral? No sabes cuánto me excita ver a una princesa usando  máquinas como la que tienes, y más si está desnuda, como tú ahora. Apaga esa cosa y siéntate en mi cara. Vamos. Hazlo…

No puedo moverme ni articular palabra. El hijo de puta me mira y pasea la punta de la lengua por la comisura de sus labios.

-Ven, trae ese manjar para acá. Me ha dado hambre.

He olvidado decir que el maldito además de sus manos y sus habilidades para manipular tiene una lengua demoniaca también. Apago la Craftsman y me siento en su cara, ¡mierda! Aquí vamos de nuevo…


jueves, 5 de diciembre de 2013

El primer viaje de Elaine o Nadie sabe para quién conecta


Una vez estaban, un tipo llamado Javier y su novia Tina, a la orilla de la carretera pidiendo ride, habían estado comiendo mescalina y fumando yerba durante toda la mañana. La mescalina fue un regalo que les hizo su dealer por ser clientes leales y buenos amigos, además de que dijo no gustar mucho de ella y haberla conseguido por eventualidad y no por necesidad. “El peyote te escoge a ti, no tú a él”, dijo al entregarla; él era adepto al misticismo atribuido a la planta, contrario a Javier y Tina, para quienes sólo se trataba de poco más de medio kilo de amargo polvo alucinógeno, cuyos efectos los ayudaban esta vez a soportar el sol abrasador durante la espera del desconocido que los llevaría a su destino. Cerca de 40 minutos estuvieron esperando cuando se detuvo un auto color aceituna. El tipo que manejaba era un hombre de más de 30 años, con el cabello rubio, largo y lacio. Los novios subieron al auto. Ella se acomodó en la parte trasera y él, en el lugar del copiloto. El hombre que los levantó del camino era alguien amigable.

-¿A qué se dedican?- Preguntó poco después de que Tina y Javier se instalaron.

-Somos estudiantes- contestó Javier.

-¿Qué estudian?

-Periodismo.

-Vaya, es interesante…

El hombre se sobaba constantemente una rodilla. Javier y Tina no hablaban. Quién sabe qué irían pensando, tal vez iban disfrutando del viento que entraba desbocado por la ventana. Ya saben los que han probado la mescalina que el viento a la piel, bajo los efectos de la sustancia, es una caricia de Dios.

-¿Les gusta fumar yerba?-preguntó el hombre.
Ellos no contestaron nada.

-No soy policía, ni nada por el estilo, es que tengo lastimada una rodilla y necesito fumar para aminorar el dolor, ¿tienen problema con que lo haga?

-Yo no tengo problema, ¿y tú, Tina?

-No, yo tampoco.

El hombre sacó un porro ya empezado del bolsillo de su camisa hawaiana y lo encendió. Chupó unas cuantas veces del cigarrillo antes de ofrecérselo a Javier, quien lo tomó sin prejuicios.

-Me lesioné al hacer la mudanza. Hace unos días me cambié de apartamento… Quisiera poder conseguir algo más fuerte.

-Nosotros tenemos mescalina, ¿quieres un poco?- dijo Javier.

El tipo pareció alegrarse.

-¿De verdad? ¿La traen con ustedes?

Tina llevaba la bolsa de mescalina en la mochila, la sacó y se la extendió a su novio sin mayor problema, junto con una cuchara.

-¿Se la meten a cucharadas?- Preguntó el tipo sorprendido al ver el paquete- Lo que es la juventud, yo a su edad tampoco tenía miedo; pero la vida lo cambia a uno, llegan las responsabilidades, los hijos, ya no puedes matarte con la misma libertad, ahora hay vidas dependiendo de la tuya…

-¿Tiene hijos?- Preguntó Tina con una voz que a ella misma le pareció salida de otro plano de la realidad, el plano entre el sueño y la vigilia, sin estar lo suficientemente despierta como para ser modorra.

-Tengo una niña de siete años, se llama Elaine- Dijo y luego giró un adorno que colgaba del espejo retrovisor, el cual contenía la foto de una niña regordeta y rubia.

Sin soltar el porro, Javier tomó el adorno y estuvo observando la fotografía durante algunos minutos.

-Es bonita- dijo al fin.

-Sí, es hermosa. Vamos, muchacho, dame un poco de eso, sólo poco menos de media cucharada.

Javier abrió la bolsa de plástico azul y sumergió la cuchara en el polvo amarillento, luego la llevó hasta la boca del hombre, quien lo tragó haciendo gestos de desagrado.

- ¿Y ustedes qué hacen además de estudiar periodismo y meterse alucinógenos a cucharadas?

-Nada- contestó Tina- vivimos en un pueblo podrido, ahí no hay mucho que se pueda hacer; si no te enganchas a las drogas o al alcohol, te enganchas a una persona y terminas casado y trayendo hijos al mundo nada más por traerlos. Una vida de porquería… Aunque eso no sucede nada más en los pueblos podridos, sucede en todo el mundo. Yo prefiero las drogas, incluso hasta cuando se vuelven una adicción, son menos tortuosas que el matrimonio.

- Qué sentido del humor tienes, niña. Ser padre no es tan malo.

- Está amargada- dijo Javier al mismo tiempo que lanzaba miradas coléricas a  Tina por el retrovisor.

Ella no tomó importancia a lo que él dijo por tener la atención puesta en las bolsas de sus ojos, cuando está muy pasado se asoman demonios por su mirada.

-¿Los bribones te han hecho sufrir demasiado?-  Preguntó el hombre a Tina.

-No es eso. Es sólo que estoy consciente de que no se puede ser totalmente libre. El ser humano es tan débil que tiene que estar agarrado de algo: una persona, una religión, sexo, trabajo, drogas… Y de estar sujeta a un hombre, prefiero estar sujeta a las sustancias. Aunque, claro, siempre te condenarán por asirte de algo ilegal, eso porque no se dan cuenta de que todos somos dependientes. Y entre los hombres y las drogas, prefiero las drogas; un hombre es un individuo con capacidad de decisión, tarde o temprano se irá, hará lo que le plazca siempre; y las drogas… las drogas siempre estarán ahí… siempre que tengas dinero suficiente para pagar por ellas.

- O un novio pendejo que pague por ellas, ¿no?- Interrumpió Javier.

Tina no contestó a eso porque era evidente que hacerlo la llevaría a sostener una discusión estéril frente a un desconocido. Los tres se quedaron callados. Por la velocidad a la que iban, el paisaje de la carretera parecía una pintura fresca que alguien había manipulado con las manos para hacerla ininteligible a los ojos. Los jóvenes parecían estar perdidos en la contemplación hasta que la bestia dormida que enmarcaba su lugar de origen se hizo visible, lo que indicaba que se aproximaba la hora de estar en su pueblo. Un letrero pequeño y deslucido a la orilla de la carretera decía “Bienvenidos”. El bulevar lleno de baches bifurca en calles solitarias y mal pavimentadas. Una tortillería. Un expendio de gasolina. Un súper mercado. Un taller mecánico. Un restaurante. Una acequia maloliente. Todos repletos de moscas, como un cadáver en descomposición.

Repentinamente, y ante las visiones mencionadas arriba, Tina se sumerge en su propio fango y empieza a recordar; recuerda a su madre estirándola del suéter rojo del uniforme para llevarla al preescolar, puede verse arrancando las hojas de los arbustos y hacerlas pedazos con las manos mientras llora porque no quiere ir con esa turba de enanos salvajes; luego se ve en el gran patio de una escuela cantando el himno nacional con la cara frente al sol; ve la pila bautismal de la iglesia; ve también la mancha roja de la menarquía en sus infantiles pantaletas amarillas; ve las manos de su padre llenas de sangre; y de pronto ve los ojos de Javier tras el cristal de la ventana del auto.

-Ya llegamos, Tina.

Ella no tiene otra opción distinta a regresar al presente y abrir la puerta del auto. Antes de salir, agradece al hombre rubio por el aventón; él, en señal de despedida, levanta una mano y esboza una mueca que ella interpretó como una sonrisa. Tomó la mano de Javier y caminó junto a él.

-¿En qué estabas, Tina?- preguntó él y luego la besó en la frente

Ella no le iba a decir que estaba viendo una mala película de su vida y prefirió mentirle.

-Pensaba en que la mente es algo incontrolable; el auto control, una falacia; y la prudencia, una burguesa mal cogida, como todas las burguesas.

No se dijo más. Caminaron algunas cuadras en perfecto silencio, con el sol besándoles la piel. Llegaron a casa de Tina, se sentaron afuera, en las sillas de jardín de mamá, ubicadas entre la oreja de elefante y las malvas. Continuaban callados. Ella gozaba la sensación del aire alimentando a sus pulmones en cada respiración, en ese momento no necesitaba otra cosa. Pasó algún tiempo para cuando Javier dejó caer su cabeza sobre el  pecho de Tina.

-Tu corazón está entonando una hermosa melodía desde hace un rato, ¿la escuchas?

-No, Javier, yo no la puedo oír…

-Dame la mesca, amor, quiero un poco más.

-Tú la tienes, no me la regresaste.

 La melodía del corazón de Tina dejó de ser armoniosa al ponerse en duda el paradero de la mescalina, por lo que Javier se puso de pie para buscar la bolsa azul en su mochila. Después de haberlo hecho, dijo angustiado:

-¡No la traigo! Búscala, búscala en tu bolso.

-Nunca me la regresaste. Búscala bien, entre tus cosas debe de estar.

-¡Búscala, pinche vieja!

Tranquilamente, Tina se inclinó para recoger su bolso del suelo. Lo abrió y lo volteó con la intención de dejar caer todo su contenido al suelo; cayó un cuaderno, una pipa y 2 lápices mordisqueados.

-No la tengo, ¿lo ves?



Mientras tanto, el hombre del auto color aceituna ya había pasado al colegio por su regordeta hija Elaine, quien se sentó en el lugar que había estado ocupando Javier y descubrió la cuchara de la mescalina sobre el tablero, con restos de la sustancia adheridos al metal por la saliva; casualmente, la tomó y empezó a golpear la puertecilla de la guantera emulando una canción que tocaba la banda de guerra de su escuela.

El hombre, absorto en sí mismo gracias a los primeros efectos de la medicina que él mismo se prescribió, tardó en percatarse de esto y, cuando lo hizo, arrebató la cuchara a su hija para tirarla por la ventana. La niña lo miró asustada, pero no dijo nada, sentía un gran respeto por su padre, como todos a su edad.

Cuando llegaron a casa, el hombre descendió del auto rápidamente para bajar algunas cosas del hogar que llevaba en la cajuela; la pequeña tomó su mochila y, al hacerlo, descubrió la bolsa azul junto a la palanca de velocidades, la abrió, el contenido le recordó al pinole que preparaba su abuela, tomó una pizca y la llevó a su boca, el amargo sabor de la sustancia la hizo contraer el rostro, a pesar de ello, no le resultó repulsivo, tomó otro poco y lo volvió a tragar. Finalmente, agarró la bolsa y fue hasta donde su padre.

-Papi, ¿qué es esto? Sabe a flores…