Vómito catártico
viernes, 6 de marzo de 2015
viernes, 16 de mayo de 2014
Mejor puta que princesa
Crecí con las películas de las princesas de Disney. No había película con una princesa de la que yo no me supiera la banda sonora y los diálogos. Completos. Incluso, mi papá me decía Blanca Nieves debido al negro de mi cabellera y a la palidez de mi piel.
Creo que de niñas todas queremos ser princesas, hay algo inexplicablemente atractivo en la historia de una princesa, probablemente sea la magia que envuelve y resuelve sus vidas, o la belleza y virtud con las que el destino enriqueció sus existencias. No sé muy bien qué es, sólo sé que yo también quise ser una de ellas.
La vida tenía otro plan para mí, a los 17 años perdí mi virginidad. Estaba borracha, de modo que no me costó mucho decidirme a entrar con un chico al baño de mujeres de la prepa y hacerlo dentro de uno de los cubículos. Sin magia. Sin dragones. Sin vestidos abultados. Sólo unas cuantas cervezas oscuras durante la ausencia del profesor de química y atracción mutua desde un semestre atrás. Evidentemente, había olvidado mi sueño aquel de ser una princesa, de tal manera que desde entonces pasé por determinado número de camas sin recordarlo, hasta hace poco, siete años después de mi primer encuentro sexual en aquel baño.
El recuerdo vino a mí en forma de oleadas de placer sobre mi vientre. Me encontró con las piernas abiertas sobre una piedra, al aire libre. Mi novio me estaba chupando el coño. Cuando él me chupa casi siempre cierro los ojos porque aunque los mantenga abiertos no veo nada. Aquel día fue diferente, tuve el deseo de contemplarlo y, al hacerlo, recordé que alguna vez en mi vida deseé ser una princesa. Había fallado. Él no era un príncipe y ese lugar no era un castillo, sino un terreno baldío. Yo pensaba en lo anterior cuando mi chico aceleró los movimientos de su lengua y entonces sentí venir tremendo orgasmo...
Al concluir, con las mejillas sonrosadas, la sangre aún ardiente y su cabeza entre mis piernas comprendí que si había algo más maravilloso que ser una princesa, eso era ser una puta sucia. Y entre más sucia, mejor.
domingo, 2 de marzo de 2014
Licuado de reflexiones en una tarde de carnaval en Jerez, con el corazón roto y la neurosis a todo lo que da
La peor decepción que puede tener una madre es que su hija, sí, su hija, su himen
precioso y sonrosado piense siempre en genitales. Los genitales son una tarea
para los hombres, a ellos obsesiona el coño y las tetas, ¡tú eres mujer, caray!
Cuida lo que llevas entre las piernas, si dosificas bien sus placeres
conseguirás un buen maridito. Nadie quiere por mucho tiempo a una puta. Y entonces
me pongo mis zapatitos, y sonrío, y salgo al mundo para que me quieras. Uno,
dos, tres, cuatro, cinco, seis por seis: treinta y seis más diez: cuarenta y
seis más otros diez: cincuenta y seis. Y una hipertensión de la chingada por
estar fingiendo siempre. Tu marido dejó
de cogerte a los 46 y empezó a irse con las putas, ¿quiénes son los que no
quieren a las putas? Yo siempre veo concurridos de gente sonriente y danzarina los
congales. Sí, pero ellos también están fingiendo. Las putas de tal congal tienen maridos que están
con otras putas que trabajan en otros congales y los hombres que ahí bailan
están gastando en ¡cerveza para todos! El dinero que deberían dar a sus hijos,
evadiendo su soledad perenne. Cuando se cierra el burdel, los danzantes se
diseminan por la ciudad con el ánimo adormecido por el alcohol, y duermen solos
aunque acompañados.
Cantinero, ¿me sirve un vaso de semen?
Coger, ¡qué palabra tan incómoda, dulzura! Más si brota de
labios de una jovencita de ojos tristes. Coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
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coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
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coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger, coger,
coger, coger, coger, coger, coger, coger…
Y sin copiar y pegar. Presiona las malditas teclas cada vez
que lo escribas. Hasta que se borren las inscripciones en color blanco de tu
teclado de la C, la O, la G, la E, la R; escríbase como cuando en la primaria tu
maestro te pedía planas y planas de esa palabra en la que te equivocabas;
pronúncialo tantas veces que te desgarres la garganta en ese punto álgido en el
que llegas a la unión de la G con la E: coGEr.
Hijita, con dinero baila el perro y sin dinero bailamos como
perro.
Un día tendrás una familia. Cuentas por pagar. Dar la vida
por otros, en eso estriba la calidad humana... Y tú eres egoísta y malvada.
“El egoísmo no consiste en vivir como uno quiere vivir, sino
en pedirles a los demás que vivan como uno quiere que vivan.”
Deberías de dejar de leer toda esa mierda, eso lo escriben para que a pendejos como tú se les vaya la vida en ensoñaciones ¿y, dime, qué vas a hacer ahora que has terminado la carrera? Una
puta oficina, el trato con la gente, las relaciones públicas, un periodista
necesita ganarse a sus fuentes y reírse de los chistes malos de su superior:
más que en el talento, en eso radica el éxito laboral… ¿Y tú crees que me vea
bien chupando culos? Porque si es así, mejor me voy de actriz porno, en todos
lados me la van a meter. Me gusta escribir, pero no sé plasmar más que cosas
como estas, sí, a veces también yo siento asco de mis pensamientos; pero ya
intenté pensar en unicornios y sólo puedo imaginarlos cagando arcoíris,
Las cosas que he escrito me dan asco. No publico porque pienso que la humanidad
no necesita mi mierda. Cuánta mierda consumimos a diario y cuánta mierda
producimos a diario. Aunque, no puedo evitarlo, por eso me abrí un blog, es mi retrete
intelectual. Aquí acaba mi porquería. Aquí pongo lo que yo quiera. Y lo hago no
para obtener aprobación, sino como forma de expresión.
sábado, 1 de marzo de 2014
Mi perra Daisy se me escapó con un calabacero porque no soy bueno o Sin permiso no hay sometimiento
Sólo una vez me he sentido
amado. Cuando se trata de contabilizar los grandes amores en la vida de uno, la
familia no cuenta: ellos no eligen que seas precisamente tú parte de su vida,
en la mayoría de los casos es así porque falló el método de contracepción o
porque no lo hubo… Faltó el sangrado. Tu
madre tuvo un susto de la chingada. La prueba barata de farmacia dio positivo. Y
entonces vino la resignación de tu madre, las críticas de tus tíos y las
chambritas en amarillo porque era muy temprano para conocer tu sexo.
Y aunque los hombres y las
mujeres cohabitaran siempre con afán de procrear, no lo hacen eligiendo de
antemano al individuo que irrumpirá en sus vidas. Por eso el amor de la familia no entra en mi
lista de grandes amores, es producto de la casualidad, del destino, del azar,
de Dios (hay para todos según creencias). Te aman porque, de acuerdo a su
moral, no tuvieron más opciones, no pudieron decidir a quién amar. No es
reproche y no por lo anterior es menos majestuoso el amor de familia, al
contrario, eso lo hace grande, sólo que prefiero no incluirlo porque no lo
decidieron ellos, así les hicieras mierda la yugular hasta el último estertor te
amarían aún sin poder decidir dejar de amarte.
Fuera de mi familia,
solamente una vez me he sentido amado. Dicen que el nombre hace al individuo, y
en este caso es muy cierto, se llamaba Daisy: un nombre muy ad hoc para perras
de raza pequeña. Ella era algo así, tenía los ojos cafés, redondos, muy
inocentes; el cabello castaño, rizado y
se ponía en él listones de satín en colores pastel; era de baja estatura y de
caderas anchas. Por fuera no era lo que yo consideraría una mujer atractiva,
siempre las preferí de mirada agresiva, altas, flacas y de cabello oscuro; pero
Daisy resultó ser insuperable, era tan perfectamente destructiva que creo que
es la mente más podrida que he conocido hasta ahora.
Nos conocimos en una cantina
(¿existirá algún otro tipo de lugares para conocer gente interesante y empezar
buenas historias?). Ella entró a pedir el baño prestado, era evidente que estaba muy tomada. La abordé
y le invité un trago, una cosa llevó a la otra y cuando estuvimos solos le
quité uno de sus listones y traté de ahorcarla con él mientras follábamos. No
se asustó, no chilló, se excitó. Me enamoré, tal vez demasiado rápido, pero para
mí eso había sido una exhibición más que suficiente de su ser interior.
Desde entonces la vi cada
miércoles. Había veladas en las que se tiraba en la alfombra y no hacía otra
cosa más que besarme los pies y decirme que me adoraba. Yo nunca le contesté a
eso, sólo miraba directo a sus ojos de cachorra y me dejaba caer en ellos como
lluvia sobre el mar. Entonces me sentía amado. También me sentía así cuando me dejaba
destrozarla como el viento a la nube. Puedo decir sin problemas que ella estuvo
en contacto con lo peor de mí y nunca se sorprendió, al contrario, siempre
estuvo ahí por decisión propia.
Hicimos tanto juntos que si
nuestra piel tuviera voz, la gente nos temería. Y fue así hasta que un día, en
uno de nuestros juegos, estaba yo tan excitado que se me pasó la mano, le abrí
de un puñetazo la piel de la ceja y la sangre cayó por su piel rosada
obligándola a cerrar un ojo. Nunca me había parecido más bonita como hasta
entonces. Se veía tan viva… Caí a sus pies y por primera vez le dije que la
amaba. Ella me pateó el rostro y se fue. Antes me dijo muy molesta que había
estado pidiéndome que me detuviera, pero es que yo no la escuché. Me dejé
llevar por la pasión.
La busqué después, pero fue
en vano. Lo único que conservo de ella es una gota de sangre que cayó ese día
en mi colchón y un listón azul cielo que le quité alguna vez. Me he enterado de
que ahora sale con un tipo que vende calabazas y que él le compra flores y la
lleva de la mano a comer helado. La extraño, pero creo que fue lo mejor, espero
que esté siendo feliz, yo no soy bueno, nunca se me hubiera ocurrido llevarla a
comer helado. Yo la amaba de otra manera, y la amaba tanto que hasta la hubiera
matado. Sé que también ella me amó y que a eso nadie, ni el destino, ni el
azar, ni la casualidad, la obligaron.
jueves, 16 de enero de 2014
Hadd
Cada vez que todo termina, me recrimino el no poder dejar
de hacerlo; estas quejas contra mí misma surgen segundos después de haber
alcanzado el clímax: cortesía del hijo de perra que hace un momento liberó a mi
anatomía de la suya y se dejó caer sudoroso y jadeante a mi lado, dándome la
espalda. La verdad es que me importa poco su indiferencia después del sexo, me
he acostumbrado ya, y por mi parte hago lo mismo, al final del desenfreno
dormimos (cuando ni él ni yo tenemos otra cosa por hacer) espalda con espalda.
A veces me gusta voltear a verlo y escudriñar -sin sentimentalismos baratos- su
cuerpecillo escuálido, sus escasos vellos castaños, su rostro de niño al
dormir; y al observarlo, como parte de mi hábito de recriminación post-coital, rememoro el motivo de mi debilidad ante su no
muy acentuada masculinidad...
Sinceramente cuando lo vi por vez primera, su aspecto
andrógino-infantil me produjo algo de repulsión: para mí era un enclenque
cuyas venas exhibicionistas se asomaban por toda su piel lechosa, dándole
un aspecto... ¿Cómo decirlo...? Algo así como viscoso, similar al de una
lombriz. Imposible imaginar que ese sujeto llegara a joderme algún día, ¡y
míralo ahora! Yace dormido plácidamente junto a mí, descansando entre sus
piernas esa flacidez satisfecha con mi femineidad.
¿Qué cómo carajos pasó esto? ¡Ah, fueron sus manos!
Supongo que fueron un elemento decisivo aunado a su audacia. Lo conocí en una
taberna a la que asisto frecuentemente, lo había visto en el lugar un par de
veces antes de que me abordara aquella noche de septiembre en la que el tugurio
estaba particularmente vacío:
-¿Qué estás bebiendo, muñeca?- Me dijo en aparente estado
de ebriedad.
El alcohol también comenzaba a hacer de las suyas en mi
estado anímico y sin reparos contesté:
-No creo que te importe, asqueroso. Y por favor no me
llames muñeca. Con las muñecas se juega, conmigo no.
Él comenzó a reírse.
-¿Sabes que es lo verdaderamente asqueroso, linda?
-Sí, tú. Eres jodidamente feo.
Volvió a reírse estrepitosamente. Sus carcajadas se
estrellaron contra los muros multiplicándose por todo el lugar y llamando la
atención del cantinero. Luego se quedó callado algunos segundos y me miró a los
ojos. Por debajo de la barra deslizó una de sus manos, comenzó a frotarla contra
mi entrepierna y dijo:
-Sé por qué tienes esa actitud, muñeca. Llevas un buen
tiempo sin estar con un hombre y el deseo te está volviendo histérica. Lo
verdaderamente asqueroso es la abstinencia sexual a la que te estás sometiendo
por puro berrinche.
Sobresaltada, tomé su mano y la retiré de mi cuerpo.
Entonces las vi. Me pareció raro encontrar en un hombre tan simple manos
descomunales, manos de mal viviente: enormes, salpicadas de cicatrices,
manchados los dedos de amarillo por el contacto de la combustión de cannabis
con su piel dactilar, y extrañamente, son la única parte de su cuerpo en la que
sus venas vulgares se muestran con bizarra elegancia, con fuerza. ¡Oh! Sus
ásperas manos… tan ásperas que me doblegan, tan denigradas que al tocar mi
cuerpo lo envilecen y conducen al insondable abisal del placer, a lo más bajo
de él...
Esa noche, como muchas de las noches siguientes a ésa,
fueron sus manos las que me convencieron de ceder ante sus bajos deseos. Han
sido las causantes de mi participación en el cumplimiento de las más sórdidas
fantasías que pueda tener un hombre. Mi fuerza de voluntad se diluye entre lujuria hasta perderse en
ella en cuanto sus manos exploradoras se deslizan, a veces con avidez, otras
veces con lentitud, por debajo de mi
indumentaria. Me trastorna su rudeza paseando por mi piel inoculando mi
tersura.
Y cuando se suscita este contacto entre nosotros, tengo la
certeza de que todos mis intentos por mandarlo al diablo debido a su falta de güevos se han perdido y que a esto
sucederán una serie de roces que aportan redondez a este círculo vicioso. Por más veces que he intentado abandonar esta
relación no he podido hacerlo. Sólo ha bastado con que él venga, me mire y sin
siquiera emitir palabra alguna comience
a indagar manualmente por los sinuosos territorios de mi anatomía, con ese sube
y baja de caricias que no hacen otra cosa más que despertarme el instinto.
Sólo eso basta para que él sepa que estoy dispuesta, que
puede arrancarme el vestido porque la pasión me ha turbado la razón y he
olvidado, momentáneamente, su afición por perderse en otros cuerpos cada noche
antes de venir a mí; y el muy cabrón se cerciora de esto llevando sus malditas manos
hacia mi vientre bajo para asegurarse de que me he vuelto agua, luego las
retira de entre mis piernas, acerca una a su rostro, se lame los dedos y dice
mirándome a los ojos:
-Hmmm... Estás como para chuparse los dedos.
Entonces yo lo miro indefensa y atontada, absorbida por
su habilidad para estimularme y no puedo decirle que no; más bien, no quiero
hacerlo. Cierro los ojos, lo beso en los labios
y me dejo llevar por su aliento, por su cuerpo, por sus manos. Él me
toma, me hace y me deshace. De vez en cuando deja escapar un débil y agitado te amo al que no puedo responder nada
porque prefiero que sea auténtico y me
llame puta.
Al fin y al cabo, aunque no nos guste reconocerlo, todos
somos putas: todos entregamos una parte de nosotros a cambio de algo; la
diferencia estriba en ese algo a cambio de lo que nos entregamos: algunos se
dan por compañía, otros por necesidad, algunos lo hacemos por placer, la gente
más vulgar se entrega por dinero y poder. En síntesis, de una u otra forma,
todos somos putas y yo lo reconozco.
Por eso le he enseñado a tratarme así, por eso y porque
me gusta que sea sucio y agresivo; lo paradójico del caso es que, al enseñarle
lo que me gusta le di más armas para dominarme y por eso me odio después de
venirme a manos de él. Le he dado más poder del que tiene sobre mí. Y hoy voy
recuperar ese poder: hoy cortaré sus manos.
Tengo algunos meses pernoctando con la idea de mutilarlo
y hace tres días tomé la decisión después de encontrar una lentejuela en su
pene que seguramente provino del vestido de la mujerzuela con la que acababa de
estar; se trataba de una maldita lentejuela color rosa. Me puse furiosa al verla.
Él solamente sonrió, me acarició una mejilla y alegó que lo más probable es que
la muy pícara se había desprendido de alguna de mis ropas, ¿quién se ha creído?
Yo seré una pobretona, pero no me visto como verdulera. Estaba furiosa, pero me
tragué la rabia porque supe que con ese descuido él acababa de firmar su
autorización para dar inicio a la carnicería.
Ahora sólo espero a que empiece a roncar. Me siento bien.
Esta vez no me encontrará el amanecer despierta y reprochándome en silencio por
continuar durmiendo a su lado; esta vez el
primer rayo del sol penetrará por la ventana y encontrará la caricatura
de un hombre manco anegado en su propia sangre, pálido, atado a lo que fue su
lecho y con una lentejuela rosa decorando su frente, ¡pero qué maravillosa
visión!
Para entonces yo iré sobre un avión de primera clase con
destino a Los Cabos, estaré sentada plácidamente en el asiento número 71, como
lo indica mi boleto, leyendo una revista Cosmopolitan y bebiendo un cóctel;
bajo la ropa llevaré mi bañador de lycra amarillo. Lo primero que haré al
llegar a la playa será correr descalza sobre la arena caliente para mojar mis
diminutos pies a la orilla del inmenso
mar. Estuve toda la tarde preparando mis maletas y gasté todos mis ahorros en
los preparativos del viaje, ¡será bellísimo…!
¡Oh! ¿Qué es ese
maravilloso sonido que llega hasta mis oídos? ¿Es lo que yo creo? Sí…Ha
comenzado a roncar… Muchas veces maldije ese defecto suyo, ahora me parece más
extático que el Claro de Luna de Beethoven. Es la banda sonora del comienzo del
fin del suplicio. Muevo su cuerpo ligeramente antes de abandonar la cama.
Parece un muerto. El vodka que serví esta noche con tanto placer en su vaso, ha
surtido el efecto que yo esperaba, no va a despertar tan fácilmente y sí lo
hace me va a importar un carajo, lo mismo que me va a importar que la policía
ubique al culpable. Nada me va a detener, sólo el demonio podría hacerlo.
Abandono la cama. Bajo ella he colocado lo indispensable
para llevar a cabo mi venganza: cadenas, candados y una pequeña sierra de
vaivén Craftsman que tomé prestada de casa de mis padres. Tomo su brazo derecho
y lo uno a un extremo de la cabecera con una cadena, lo aseguro con un candado y de igual manera ato sus
extremidades a cada esquina de la cama.
Cuando termino me paro frente a mi víctima con la sierra en la mano, y observo. Me fascina la
estampa, las tinieblas reinantes son
atenuadas por una luz marchita que entra de la calle; noto que está mucho más
delgado y gastado que cuando lo conocí, aún no le hago nada y ya parece un
cadáver.
Enciendo la sierra y ésta hace un simpático ruidito que
ahoga los benditos ronquidos, adecúo la velocidad del aparato cual si fuera a
cortar acero. Quiero que el corte sea rápido para que no despierte y me
interrumpa. Camino hacia la cama, subo sobre su cuerpo como si lo fuera a
montar, llevo la sierra hacia su mano derecha y cuando la navaja está a tres
centímetros de tocar su piel veo que ha abierto los ojos.
-Muñeca, no es hora de jugar… ¿Ahora qué quieres? Ten
cuidado con eso, no te vayas a cortar.
Retiro el artefacto de su brazo y le digo sin titubeos:
-No estoy jugando, cabrón, y, por amor de Dios, no me
digas muñeca.
-Vamos, nena… Papi está cansado, mañana es sábado y podrá
hacerte todo lo que quieras. Ven junto a papi, abrázame.
Yo me quedo estupefacta sobre su cuerpo, con la sierra
encendida en una mano. De repente su rostro exuda ternura.
-Por eso te amo, mami, ninguna tan enfermita como tú,
¿recuerdas la vez que me encañonaste la nuca con el revólver de tu padre mientras
te hacía sexo oral? No sabes cuánto me excita ver a una princesa usando máquinas como la que tienes, y más si está
desnuda, como tú ahora. Apaga esa cosa y siéntate en mi cara. Vamos. Hazlo…
No puedo moverme ni articular palabra. El hijo de puta me
mira y pasea la punta de la lengua por la comisura de sus labios.
-Ven, trae ese manjar para acá. Me ha dado hambre.
He olvidado decir que el maldito además de sus manos y
sus habilidades para manipular tiene una lengua demoniaca también. Apago la
Craftsman y me siento en su cara, ¡mierda! Aquí vamos de nuevo…
jueves, 5 de diciembre de 2013
El primer viaje de Elaine o Nadie sabe para quién conecta
Una
vez estaban, un tipo llamado Javier y su novia Tina, a la orilla de la
carretera pidiendo ride, habían
estado comiendo mescalina y fumando yerba durante toda la mañana. La mescalina
fue un regalo que les hizo su dealer
por ser clientes leales y buenos amigos, además de que dijo no gustar mucho de
ella y haberla conseguido por eventualidad y no por necesidad. “El peyote te escoge a ti, no tú a él”,
dijo al entregarla; él era adepto al misticismo atribuido a la planta,
contrario a Javier y Tina, para quienes sólo se trataba de poco más de medio
kilo de amargo polvo alucinógeno, cuyos efectos los ayudaban esta vez a soportar
el sol abrasador durante la espera del desconocido que los llevaría a su
destino. Cerca de 40 minutos estuvieron esperando cuando se detuvo un auto
color aceituna. El tipo que manejaba era un hombre de más de 30 años, con el cabello
rubio, largo y lacio. Los novios subieron al auto. Ella se acomodó en la parte
trasera y él, en el lugar del copiloto. El hombre que los levantó del camino era
alguien amigable.
-¿A
qué se dedican?- Preguntó poco después de que Tina y Javier se instalaron.
-Somos
estudiantes- contestó Javier.
-¿Qué
estudian?
-Periodismo.
-Vaya,
es interesante…
El
hombre se sobaba constantemente una rodilla. Javier y Tina no hablaban. Quién
sabe qué irían pensando, tal vez iban disfrutando del viento que entraba
desbocado por la ventana. Ya saben los que han probado la mescalina que el viento
a la piel, bajo los efectos de la sustancia, es una caricia de Dios.
-¿Les
gusta fumar yerba?-preguntó el hombre.
Ellos
no contestaron nada.
-No
soy policía, ni nada por el estilo, es que tengo lastimada una rodilla y
necesito fumar para aminorar el dolor, ¿tienen problema con que lo haga?
-Yo
no tengo problema, ¿y tú, Tina?
-No,
yo tampoco.
El
hombre sacó un porro ya empezado del bolsillo de su camisa hawaiana y lo
encendió. Chupó unas cuantas veces del cigarrillo antes de ofrecérselo a Javier,
quien lo tomó sin prejuicios.
-Me
lesioné al hacer la mudanza. Hace unos días me cambié de apartamento… Quisiera
poder conseguir algo más fuerte.
-Nosotros
tenemos mescalina, ¿quieres un poco?- dijo Javier.
El
tipo pareció alegrarse.
-¿De
verdad? ¿La traen con ustedes?
Tina
llevaba la bolsa de mescalina en la mochila, la sacó y se la extendió a su
novio sin mayor problema, junto con una cuchara.
-¿Se
la meten a cucharadas?- Preguntó el tipo sorprendido al ver el paquete- Lo que
es la juventud, yo a su edad tampoco tenía miedo; pero la vida lo cambia a uno,
llegan las responsabilidades, los hijos, ya no puedes matarte con la misma
libertad, ahora hay vidas dependiendo de la tuya…
-¿Tiene
hijos?- Preguntó Tina con una voz que a ella misma le pareció salida de otro
plano de la realidad, el plano entre el sueño y la vigilia, sin estar lo
suficientemente despierta como para ser modorra.
-Tengo
una niña de siete años, se llama Elaine- Dijo y luego giró un adorno que
colgaba del espejo retrovisor, el cual contenía la foto de una niña regordeta y
rubia.
Sin
soltar el porro, Javier tomó el adorno y estuvo observando la fotografía
durante algunos minutos.
-Es
bonita- dijo al fin.
-Sí,
es hermosa. Vamos, muchacho, dame un poco de eso, sólo poco menos de media
cucharada.
Javier
abrió la bolsa de plástico azul y sumergió la cuchara en el polvo amarillento,
luego la llevó hasta la boca del hombre, quien lo tragó haciendo gestos de
desagrado.
- ¿Y
ustedes qué hacen además de estudiar periodismo y meterse alucinógenos a
cucharadas?
-Nada-
contestó Tina- vivimos en un pueblo podrido, ahí no hay mucho que se pueda
hacer; si no te enganchas a las drogas o al alcohol, te enganchas a una persona
y terminas casado y trayendo hijos al mundo nada más por traerlos. Una vida de
porquería… Aunque eso no sucede nada más en los pueblos podridos, sucede en
todo el mundo. Yo prefiero las drogas, incluso hasta cuando se vuelven una adicción,
son menos tortuosas que el matrimonio.
-
Qué sentido del humor tienes, niña. Ser padre no es tan malo.
-
Está amargada- dijo Javier al mismo tiempo que lanzaba miradas coléricas a Tina por el retrovisor.
Ella
no tomó importancia a lo que él dijo por tener la atención puesta en las bolsas
de sus ojos, cuando está muy pasado se asoman demonios por su mirada.
-¿Los
bribones te han hecho sufrir demasiado?-
Preguntó el hombre a Tina.
-No
es eso. Es sólo que estoy consciente de que no se puede ser totalmente libre.
El ser humano es tan débil que tiene que estar agarrado de algo: una persona,
una religión, sexo, trabajo, drogas… Y de estar sujeta a un hombre, prefiero
estar sujeta a las sustancias. Aunque, claro, siempre te condenarán por asirte
de algo ilegal, eso porque no se dan cuenta de que todos somos dependientes. Y
entre los hombres y las drogas, prefiero las drogas; un hombre es un individuo
con capacidad de decisión, tarde o temprano se irá, hará lo que le plazca
siempre; y las drogas… las drogas siempre estarán ahí… siempre que tengas
dinero suficiente para pagar por ellas.
- O
un novio pendejo que pague por ellas, ¿no?- Interrumpió Javier.
Tina
no contestó a eso porque era evidente que hacerlo la llevaría a sostener una
discusión estéril frente a un desconocido. Los tres se quedaron callados. Por
la velocidad a la que iban, el paisaje de la carretera parecía una pintura
fresca que alguien había manipulado con las manos para hacerla ininteligible a
los ojos. Los jóvenes parecían estar perdidos en la contemplación hasta que la
bestia dormida que enmarcaba su lugar de origen se hizo visible, lo que
indicaba que se aproximaba la hora de estar en su pueblo. Un
letrero pequeño y deslucido a la orilla de la carretera decía “Bienvenidos”. El bulevar lleno de baches bifurca en calles solitarias y mal pavimentadas. Una
tortillería. Un expendio de gasolina. Un súper mercado. Un taller mecánico. Un
restaurante. Una acequia maloliente. Todos repletos de moscas, como un cadáver
en descomposición.
Repentinamente,
y ante las visiones mencionadas arriba, Tina se sumerge en su propio fango y empieza
a recordar; recuerda a su madre estirándola del suéter rojo del uniforme para
llevarla al preescolar, puede verse arrancando las hojas de los arbustos y
hacerlas pedazos con las manos mientras llora porque no quiere ir con esa turba
de enanos salvajes; luego se ve en el gran patio de una escuela cantando el
himno nacional con la cara frente al sol; ve la pila bautismal de la iglesia; ve
también la mancha roja de la menarquía en sus infantiles pantaletas amarillas;
ve las manos de su padre llenas de sangre; y de pronto ve los ojos de Javier
tras el cristal de la ventana del auto.
-Ya
llegamos, Tina.
Ella
no tiene otra opción distinta a regresar al presente y abrir la puerta del auto.
Antes de salir, agradece al hombre rubio por el aventón; él, en señal de
despedida, levanta una mano y esboza una mueca que ella interpretó como una
sonrisa. Tomó la mano de Javier y caminó junto a él.
-¿En
qué estabas, Tina?- preguntó él y luego la besó en la frente
Ella
no le iba a decir que estaba viendo una mala película de su vida y prefirió
mentirle.
-Pensaba
en que la mente es algo incontrolable; el auto control, una falacia; y la
prudencia, una burguesa mal cogida, como todas las burguesas.
No se
dijo más. Caminaron algunas cuadras en perfecto silencio, con el sol besándoles
la piel. Llegaron a casa de Tina, se sentaron afuera, en las sillas de jardín
de mamá, ubicadas entre la oreja de elefante y las malvas. Continuaban callados.
Ella gozaba la sensación del aire alimentando a sus pulmones en cada respiración,
en ese momento no necesitaba otra cosa. Pasó algún tiempo para cuando Javier dejó
caer su cabeza sobre el pecho de Tina.
-Tu
corazón está entonando una hermosa melodía desde hace un rato, ¿la escuchas?
-No,
Javier, yo no la puedo oír…
-Dame
la mesca, amor, quiero un poco más.
-Tú
la tienes, no me la regresaste.
La melodía del corazón de Tina dejó de ser
armoniosa al ponerse en duda el paradero de la mescalina, por lo que Javier se
puso de pie para buscar la bolsa azul en su mochila. Después de haberlo hecho,
dijo angustiado:
-¡No
la traigo! Búscala, búscala en tu bolso.
-Nunca
me la regresaste. Búscala bien, entre tus cosas debe de estar.
-¡Búscala,
pinche vieja!
Tranquilamente,
Tina se inclinó para recoger su bolso del suelo. Lo abrió y lo volteó con la intención
de dejar caer todo su contenido al suelo; cayó un cuaderno, una
pipa y 2 lápices mordisqueados.
-No
la tengo, ¿lo ves?
Mientras
tanto, el hombre del auto color aceituna ya había pasado al colegio por su
regordeta hija Elaine, quien se sentó en el lugar que había estado ocupando
Javier y descubrió la cuchara de la mescalina sobre el tablero, con restos de la
sustancia adheridos al metal por la saliva; casualmente, la tomó y empezó a
golpear la puertecilla de la guantera emulando una canción que tocaba la banda
de guerra de su escuela.
El
hombre, absorto en sí mismo gracias a los primeros efectos de la medicina que
él mismo se prescribió, tardó en percatarse de esto y, cuando lo hizo, arrebató
la cuchara a su hija para tirarla por la ventana. La niña lo miró asustada,
pero no dijo nada, sentía un gran respeto por su padre, como todos a su edad.
Cuando
llegaron a casa, el hombre descendió del auto rápidamente para bajar algunas
cosas del hogar que llevaba en la cajuela; la pequeña tomó su mochila y, al
hacerlo, descubrió la bolsa azul junto a la palanca de velocidades, la abrió,
el contenido le recordó al pinole que preparaba su abuela, tomó una pizca y la
llevó a su boca, el amargo sabor de la sustancia la hizo contraer el rostro, a
pesar de ello, no le resultó repulsivo, tomó otro poco y lo volvió a tragar.
Finalmente, agarró la bolsa y fue hasta donde su padre.
-Papi,
¿qué es esto? Sabe a flores…
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