viernes, 6 de marzo de 2015

Mi aventura con un profesional



Mi relación con otros seres humanos nunca ha sido buena. Dicen que soy una mujer problemática, excéntrica, altanera. Y creo que independientemente de mi personalidad, el trato entre seres humanos siempre es difícil, pues qué es este mundo si no una cópula salvaje, encarnizada, de egos. Quiero suponer que lo que a mí me sucede no es un caso aislado y que acontece más frecuentemente de lo que se suele pensar. Me pierdo en dubitaciones cuando trato de encontrar explicaciones, pero es que acaso ¿hay algo que buscar? ¿No estamos todos condenados a la soledad? En fin, sea cual fuere la respuesta, yo no tengo otra opción más que hacer frente a la vida que me tocó vivir. Desde muy joven lo sentí así y desde entonces nunca pretendí engañarme, ni escapar de ello: estoy irremediablemente sola frente a la vida. Mis desafíos son sólo míos, de nadie más.






La aceptación de mi suerte de mujer insociable fue reforzada y estimulada por una particularidad de mi espíritu: el rechazo a las muchedumbres, a sus usos y costumbres. Esta animadversión no es un simple capricho mío, es una especie de alergia mística que me hace su presa en fiestas, bares de moda, en conciertos, en centros comerciales, en autobuses, en las aulas escolares, lugares en los que el sentimiento de soledad crece y se hace nítido, me sujeta, me estruja el corazón con sus garras heladas y lo único que puedo hacer bajo tal circunstancia es evitar los lugares concurridos, pues entre más soledades me rodeen, más insoportable me resulta esta alergia.





Después de explicar este aspecto de mi personalidad, parecerá lógico decir que no tengo un círculo social célebre, ni siquiera uno establecido. La única persona por quien me hacía acompañar regularmente era de Adolfo, mi pareja. Un hombre mucho menos solitario que yo y de temperamento alegre, pero que por un tiempo comprendió cabalmente mi aversión a las multitudes y se ajustó a ella. Desgraciadamente acaba el otoño y junto con él se esfumó esa comprensión, se cansó de nuestro estilo de vida en común y un domingo por la mañana desperté y ya no vi sus zapatos Oxford color café sobre el tapete a la entrada de la habitación.





Lo mismo que sucedió con los zapatos pasó con el resto de sus pertenencias. Adolfo se había ido. Otro hombre que se iba, como tantos otros ya lo habían hecho. Encendí un cigarrillo y me quedé en la cama pensando ¿qué tendrán otras mujeres que no tengo yo? No es que sintiera que todo en mi vida se desmoronaba a causa de su partida, era parte del ritual de adaptarme de nuevo a ser sólo yo; pronto lo olvidaría, lo sabía con certeza porque lo nuestro duró poco, además de que nunca fue algo demasiado pasional.






Cuando Adolfo llegó a mi vida estaba decidida a no volver a intentarlo con otro hombre. Me hallaba cansada de ese ir y venir, de tener que explicarle al tipo en turno que prefería quedarme en casa porque me molestaba la gente y que no quería pasar la navidad con sus tías ni con las mías. Pero a Adolfo Sonrisa de anuncio de dentífrico lo conocí en el supermercado un día en que yo tenía la ovulación, recuerdo que estuve caliente desde temprano y aunque me masturbé dos veces no conseguí calmar mis apetitos.






Ese día lo conocí, con los calzones todavía húmedos de mis jugos. Él estaba en la misma fila para pagar que yo. Tic, tic, tic. Sonaban los artículos al pasar por el lector de código de barras. Sonrisa de anuncio de dentífrico llevaba solamente una bolsa con zanahorias y un paquete de hilo dental. Al verme detrás de él, sonrió mostrando una poesía por dientes y cortésmente me cedió su lugar. Después de realizadas las transacciones necesarias, me alcanzó en las afueras del establecimiento e insistentemente se ofreció a cargar mis adquisiciones hasta la parada del autobús. Todo un caballero. Terminamos haciéndolo como animales en la alfombra de mi apartamento. Las zanahorias salieron de su empaque y se desperdigaron aquí y allá. Es en esta parte en donde me gustaría poner una frase trascendente para decir que cuando no estas esperando ni buscando nada, todo llega; pero no se me ocurre algo inteligente.






A Adolfo no lo amaba tanto como amé a otros hombres, con otros llegué al punto de querer matarlos y era entonces cuando me daba cuenta de que estaba perdida de amor. A él nunca lo vi y pensé: “O tú o yo, alguno de los dos tiene que morir”. Y aunque el sexo era MUY bueno, nunca me lo follé como si quisiera absorber su energía vital con mi vagina. No, con Adolfo todo era diferente. Aquello a veces no se me figuraba sexo, me parecía más un ritual de adoración en el que yo hacía las veces de estatua de una diosa. Él se arrastraba, lloriqueaba por un besito, se deslizaba húmedo y caliente por mi cuerpo, mientras yo permanecía completamente inmóvil a petición suya. Eso me gustaba mucho.






Aunque también tengo memoria de sucesos que no me agradaban, los cuales pensé podrían ayudarme a superar más fácilmente la separación. Estos sucesos eran sus celos enfermizos (cosa curiosa porque ni siquiera tengo muchos amigos) y su mojigatería fragmentaria, por mencionar un ejemplo importante en el que ambos defectos se exhiben ridículamente: se deshizo del par de penes de plástico que compré poco antes de conocerlo, cuando tomé la resolución de olvidarme de los hombres. Estos falos artificiales formaban parte del decorado de mis muebles del baño y cumplían la labor de darme placer durante las horas solitarias a las que ningún hombre podría tener acceso. Cuando se mudó a mi apartamento, se mostró incómodo ante el hallazgo y un día, sin consultarlo conmigo, sustituyó mis juguetes por aparatejos de limpieza dental, porque Adolfo también tiene sus manías y la más notable es su obsesión por la higiene bucal.





A menudo despertaba hecho una sopa porque había soñado que perdía sus seráficos dientes. Cuenta que estos sueños comenzaron a ocurrirle a partir de una experiencia suscitada cuando era niño. Recuerda que caminaba por una calle solitaria sin percatarse de la presencia de otros transeúntes además de él cuando, repentinamente, escuchó pasos débiles tras de sí y al girar la cabeza se encontró con una vieja cuya cabellera gris se elevaba al cielo, rígida de suciedad, separada en mechones irregulares a la altura de la coronilla. La mujer lo miró un momento con sus penetrantes ojos negros y luego sonrió ostentando por boca un inescrutable agujero negro bordeado por las encías rojas, cínicas, en las que no había ni un solo diente. El pequeño Adolfo cayó desmayado y cuando despertó inició una cacería inacabable de información de todo lo relacionado con las causas de la caída de los dientes y las formas de prevenirla. Obsesión que hasta la fecha continúa.





La parte interesante de esta historia viene a continuación, lo anterior fue palabrería para situarte en el contexto en que me encontraba entonces. Pues bien, el día que Adolfo se fue la hielera estaba vacía. Muy vacía. Sólo la ocupaba un cartón de leche podrida. Después del cigarrillo, y de un momento de auto conmiseración me dio hambre. Un hambre feroz. Estaba calzándome un pantalón de mezclilla para salir a buscar algo cuando el teléfono sonó, lo primero que vino a mi mente fue Adolfo sentado sobre sus maletas desde un teléfono público, arrepentido. Pero al descolgar la bocina, escuché la voz de mi madre:





-¿Qué estás haciendo? Seguro que te acabo de despertar, siempre has sido una holgazana. ¿Y Adolfo?





-Se fue. No me preguntes por qué ni a dónde porque no lo sé. Sólo tomó sus cosas y se fue.





-Siempre te abandonan, hija ¿qué es lo que les haces?






Y en el amor no es tanto lo que haces, sino lo que NO haces. Pero mi madre habla con la voz de las ansias por verme casada. Mi madre y su “perfección”. Su no cojas, no bebas, no te rías. Siempre apuñalándose el vientre, arrepentida de haber parido, y aun con su mala experiencia tiene el descaro de sugerir que me case y me ponga a tener hijos. Lo desea porque así tendría yo una vida normal, como la de la mayoría de las mujeres: sometida a la voluntad y billetera de un marido y con un par de chiquillos o más. Con una responsabilidad de ésas ya no me quedaría tiempo de andar soñando, y si no sueño, aseguro mi estabilidad y de paso la de ella con respecto a mí, que es lo que en realidad le importa. Ella dice “estabilidad por encima de libertad”. Afortunadamente, existe el condón: maravilloso invento que permite a muchas mujeres más afortunadas que yo perseguir mariposas todo el día y coger en sus ratos libres. Para unas están los niños; para otras, el condón; para mí está el dildo. Rezan los animalistas: “Entre más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. Proclamo yo: “Entre más conozco a los hombres, ¡más quiero a mi dildo!”. Y punto final de la conversación, madre: Adolfo fue el último, algo así como una recaída.






Mi madre colgó no sin antes advertirme que tenía planeado visitarme PRONTO. La hielera seguía vacía. Mi estómago gruñía en atroz demanda. Y a mí me entraron unas ganas de follar tremendas. Que Cristo se apiade de mí por tener ganas de follar en tales circunstancias. ¡Pero que se jodan Cristo, Adolfo y mi madre! Y bajo esta consigna, terminé de prepararme y me fui a la calle a comer hamburguesas con gruesas tajadas de carne roja y grasienta.


Una vez satisfecha la más básica de todas mis hambres, me apresté a aquietar aquel otro deseo sofocado en mis pantalones: mis ganas de coger. Pero no tenía a quién llamar. Ni un solo amigo solícito. Pensé en tomar a cualquier hombre, al primero que pasara. Pero me faltaron ovarios y además no quería pescar ladillas o algo peor. Así que regresé sobre mis pasos a la habitación. Al llegar noté que las macetas de la entrada estaban en posición distinta a la que solían estar. Como si alguien hubiese estado hurgando ahí. Del primero que sospeché fue de Adolfo (otra vez), ahí escondíamos un juego de llaves. Y pensé que él era la única persona que sabía eso.





-¡Adolfo! ¡Adoooooooolfo!- grité al entrar a la casa, pero nadie contestó.






Me convencí de que lo más probable es que sólo se tratara de mi imaginación. Estaba sola y ardiente de deseo. Eso lo hace a uno fantasear. En mi situación era natural que evocara la presencia de Adolfo: me acababa de abandonar y estaba caliente. Si el muy cabrón no hubiera tirado las vergas de juguete ahora tendría con qué alimentar a mi otra boca. Salivo al recordar mis suculentas vergas de látex. Tenían una textura resbaladiza muy, pero que muy interesante. Y eran resistentes, podía ponerme intensa y atacarlas con las uñas sin que perdieran su uniformidad. Uno era rosa y el otro azul. Ni hablar, quién sabe en dónde estén ahora. “Tendré que hacerlo manual”, pensé.






Y tú sabes, lector, que antes de empezar a tocarse es necesario lavarse bien las manos. Más de una vez me he enchilado el coño. Sí, así como lo lees. Al tener contacto con irritantes -salsas y chiles, para ser específica- e inmediatamente después haberme hecho la chaqueta… ¡Qué horror! He sentido mi coño quemarse, una fea sensación que juré no volver a experimentar. Y como sazoné las hamburguesas que había comido con chile jalapeño, fui al baño a lavarme bien las manos antes de empezar. Justo a un lado del lavamanos está el mueble de madera que antes albergaba mis falos de goma y que entonces contenía los cepillos de dientes que Adolfo había olvidado llevarse, los cuales pertenecían a todas las clases existentes: desde manuales a eléctricos en todas sus variedades.






Había uno en específico que llamó mi atención: el Professional Black 7000. Revivo la odisea que fue para Adolfo conseguirlo, lo mandó pedir al extranjero por Internet y el paquete se extravió y al rastrearlo se descubrió que estaba retenido en la aduana por sospechoso. ¡Quién sabe qué tendrá de sospechoso un maldito cepillo de dientes eléctrico! ¡Los gringos de mierda y su delirio de persecución! Sea como fuere, el cepillo fue recuperado y llegó a manos de Adolfo, quien se enamoró de él desde la primera cepillada. No dejaba de hablar de la inigualable sensación de limpieza que dejaba en la boca, de sus distintas funciones: como el modo de cepillado para una limpieza profunda, el cuidado de dientes sensibles, blanqueante, masaje de encías y su glamoroso movimiento de oscilación-rotación. Hasta conexión Bluetooth tenía el aparatejo. Una monada cuyo cabezal se mueve miles de veces por minuto…





“¡Pero qué demonios hago haciéndomelo manual cuando tengo a mi disposición una maquinita como ésta! ¡Ni siquiera el soso de Adolfo se cepillaba manualmente!”, me dije, y tomé incontinenti la decisión de masturbarme con ese cepillo de dientes. Ahora bien, la masturbación femenina es un arte, una tiene que ponerse imaginativa y concentrarse en lo que está haciendo. Porque la finalidad es un orgasmo: cosquillas en el vientre, palpitaciones, sangre efervescente, gemidos, ojos fuera de sus órbitas, deseos de que no acabe nunca, todo eso.






No es como cuando te follas a un hombre, en tal caso importan otras cosas además del momento clímax. Tampoco es como ser hombre y masturbarte o follar. A los hombres apenas les muestras unas tetas o lo que sea que les guste y ya se les ha puesto dura y están dispuestos. No necesitan crear un argumento ni predisponerse. Les basta una serie de embestidas de verga: entra y sale; entra y sale; entra y sale; entra y sale… Y se han corrido. No digo que para ellos sea menos satisfactorio, es sólo que si se les da la gana pueden prescindir de la creatividad para excitarse y alcanzar un orgasmo. Además, muchas de las veces un acostón puede no ser tan placentero como cuando te conoces, sabes hacértelo a solas Y TE LO HACES. La prueba del placer definitiva para una mujer es la masturbación.





Así que después de elaborar una fantasía, puse manos a la obra y lo que hice fue colocar una toalla húmeda sobre el cepillo y aceitar mi clítoris con lubricante. Me acosté de espaldas, con las piernas abiertas en uno de los sillones de la sala, frente a un gran espejo. No sé si sea signo de narcisismo, pero me excita endiabladamente contemplarme desnuda mientras me masturbo. Con mi mano izquierda abrí los labios para exponer el clítoris, sostuve el cepillo encendido y vibrante con mi mano derecha y presioné suavemente sobre mi centro. Con movimientos hacia arriba y hacia abajo, a veces lo dejaba en un punto, en cierta de sus modalidades según lo que se sentía bien, sin mover las caderas. Mi preferida fue blanqueado dental. Realmente la acción no comienza hasta que empiezas a fantasear, y según la calidad de la fantasía es la calidad del orgasmo.






Después de unos minutos de estimulación, ahí lo tenía, estaba a punto de desbordarme en un orgasmo fenomenal. Se aproximaba el ansiado alivio. Ya estaba corriéndome de lo lindo y, como es natural en esas circunstancias, cerré los ojos y apreté los labios para que el placer no tuviera por dónde escapar. Posterior al orgasmo siempre me queda la impresión de estar sometida a una especie de agradable letargo. Comenzaba a refocilarme con dicha sensación cuando, al abrir los ojos, observé a través del espejo el lívido rostro de mi madre. Tímida, asustada, como una niña me observaba detrás del sillón. Y yo no supe qué decir. El cepillo de dientes seguía vibrando todavía amordazado por la toalla húmeda.






-Tomé las llaves de la maceta de alelíes- dijo mi madre.





Después de unos momentos de silencio sepulcral entre ambas, alguien llamó a la puerta. No tuve oportunidad de pronunciar palabra. Y aunque la hubiera tenido no hubiera sabido qué decir. Era algo incómodo, definitivamente.






Fui a vestirme mientras ella atendía la puerta, tras de la cual estaba Adolfo, quien regresaba por el cualificado Professional Black 7000. Después de indicarle en dónde se encontraba sin explicarle el por qué, me solicitó permiso para lavarse los dientes. Él ya no vivía ahí, estaba en mi propiedad.





Mi madre y yo nos miramos y cuando él se alejó para enjuagarse la boca, en un arranque de desfachatez, le dije:





-Vamos, mamá, ni que nunca me hubieras mirado el coño, me cambiabas los pañales… Y ni que él nunca me lo hubiera comido…






Sé que no fue muy inteligente, pero ¿qué harías tú si tu madre te pilla frotándote el coño con un cepillo de dientes eléctrico?






Ella se santiguó, dio media vuelta, se dirigió a la puerta y ya estando fuera gritó:





-Eres irremediable. Así nunca conseguirás un marido.





Dio un portazo y desapareció.






Adolfo salió del baño con mi cepillo favorito en el bolsillo de su camisa. Me dio un beso en el pómulo y también se fue. Sola de nuevo. Hace ya tres meses de eso y fue la última vez que los vi a ambos.


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