sábado, 1 de marzo de 2014

Mi perra Daisy se me escapó con un calabacero porque no soy bueno o Sin permiso no hay sometimiento


Sólo una vez me he sentido amado. Cuando se trata de contabilizar los grandes amores en la vida de uno, la familia no cuenta: ellos no eligen que seas precisamente tú parte de su vida, en la mayoría de los casos es así porque falló el método de contracepción o porque no lo hubo…  Faltó el sangrado. Tu madre tuvo un susto de la chingada. La prueba barata de farmacia dio positivo. Y entonces vino la resignación de tu madre, las críticas de tus tíos y las chambritas en amarillo porque era muy temprano para conocer tu sexo. 

Y aunque los hombres y las mujeres cohabitaran siempre con afán de procrear, no lo hacen eligiendo de antemano al individuo que irrumpirá en sus vidas.  Por eso el amor de la familia no entra en mi lista de grandes amores, es producto de la casualidad, del destino, del azar, de Dios (hay para todos según creencias). Te aman porque, de acuerdo a su moral, no tuvieron más opciones, no pudieron decidir a quién amar. No es reproche y no por lo anterior es menos majestuoso el amor de familia, al contrario, eso lo hace grande, sólo que prefiero no incluirlo porque no lo decidieron ellos, así les hicieras mierda la yugular hasta el último estertor te amarían aún sin poder decidir dejar de amarte.

Fuera de mi familia, solamente una vez me he sentido amado. Dicen que el nombre hace al individuo, y en este caso es muy cierto, se llamaba Daisy: un nombre muy ad hoc para perras de raza pequeña. Ella era algo así, tenía los ojos cafés, redondos, muy inocentes;  el cabello castaño, rizado y se ponía en él listones de satín en colores pastel; era de baja estatura y de caderas anchas. Por fuera no era lo que yo consideraría una mujer atractiva, siempre las preferí de mirada agresiva, altas, flacas y de cabello oscuro; pero Daisy resultó ser insuperable, era tan perfectamente destructiva que creo que es la mente más podrida que he conocido hasta ahora.

Nos conocimos en una cantina (¿existirá algún otro tipo de lugares para conocer gente interesante y empezar buenas historias?). Ella entró a pedir el baño prestado,  era evidente que estaba muy tomada. La abordé y le invité un trago, una cosa llevó a la otra y cuando estuvimos solos le quité uno de sus listones y traté de ahorcarla con él mientras follábamos. No se asustó, no chilló, se excitó. Me enamoré, tal vez demasiado rápido, pero para mí eso había sido una exhibición más que suficiente de su ser interior.

Desde entonces la vi cada miércoles. Había veladas en las que se tiraba en la alfombra y no hacía otra cosa más que besarme los pies y decirme que me adoraba. Yo nunca le contesté a eso, sólo miraba directo a sus ojos de cachorra y me dejaba caer en ellos como lluvia sobre el mar. Entonces me sentía amado. También me sentía así cuando me dejaba destrozarla como el viento a la nube. Puedo decir sin problemas que ella estuvo en contacto con lo peor de mí y nunca se sorprendió, al contrario, siempre estuvo ahí por decisión propia.

Hicimos tanto juntos que si nuestra piel tuviera voz, la gente nos temería. Y fue así hasta que un día, en uno de nuestros juegos, estaba yo tan excitado que se me pasó la mano, le abrí de un puñetazo la piel de la ceja y la sangre cayó por su piel rosada obligándola a cerrar un ojo. Nunca me había parecido más bonita como hasta entonces. Se veía tan viva… Caí a sus pies y por primera vez le dije que la amaba. Ella me pateó el rostro y se fue. Antes me dijo muy molesta que había estado pidiéndome que me detuviera, pero es que yo no la escuché. Me dejé llevar por la pasión.


La busqué después, pero fue en vano. Lo único que conservo de ella es una gota de sangre que cayó ese día en mi colchón y un listón azul cielo que le quité alguna vez. Me he enterado de que ahora sale con un tipo que vende calabazas y que él le compra flores y la lleva de la mano a comer helado. La extraño, pero creo que fue lo mejor, espero que esté siendo feliz, yo no soy bueno, nunca se me hubiera ocurrido llevarla a comer helado. Yo la amaba de otra manera, y la amaba tanto que hasta la hubiera matado. Sé que también ella me amó y que a eso nadie, ni el destino, ni el azar, ni la casualidad,  la obligaron.

1 comentario: